Pablo Iglesias: videocracia y populismo

EL CORREO 27/05/14
ANTONIO ELORZA

· Con Podemos la izquierda de inspiración chavista ha encontrado su camino hacia la Unión Europea

Como es sabido, la carrera política de Silvio Berlusconi se inició en una televisión de barrio en Milán, que ni siquiera disponía de estudios normales para la grabación de sus sórdidos programas de concursos. El ex-Cavaliere se hubiera quedado en un gran especulador forrado de dinero sin la construcción que magistralmente llevó a cabo desde la caja tonta, tanto de su propia imagen, como de un tipo agresivo de televisión para el consumo de masas. En las recién celebradas elecciones europeas, la imagen televisiva ha desempeñado un papel fundamental: el blanco y negro de líderes políticos como Hollande o el tándem Valenciano/Rubalcaba ha sido literalmente barrido por el color que proyectan auténticas fieras de la comunicación como Tsipras, Marine Le Pen o Renzi. Pensemos en lo que hubieran sido las elecciones italianas si frente a Beppe Grillo se hubiera encontrado Letta por el Partido Democrático.

Nada de extraño tiene, pues, que el fenómeno haya tenido lugar asimismo entre nosotros, por activa y por pasiva. Sin duda, por UPyD, Sosa Wagner es un hombre inteligente, pero su atuendo y su discurso en el debate a seis de TVE parecían hechos para alejar al votante (lo cual es más lamentable contando con Maite Pagazaurtundua), lo mismo que la expresión y las afirmaciones lapidarias de Willy Meyer, de IU, en los antípodas por contenido y por estilo de su brillante punto de referencia europeo, Alexis Tsipras.

Y en esto llegó Pablo Iglesias, y se acabó la diversión. Desde unos supuestos ideológicos enfrentados a los de Berlusconi, y en un período muy breve de tiempo, siempre a partir de la videocracia, el joven profesor interino de Políticas en la UCM ha conseguido forjar la imagen de líder de una izquierda renovadora. Supo prepararlo, como aquel, desde una televisión de barrio, TeleVallekas, donde el contenido era lógicamente radical, con una inclinación acusada hacia la izquierda latinoamericana made in Chavea, e Iglesias montó y dirigió un programa de debate político, ‘La Tuerka’. Por él pasó mucha gente –yo mismo, hasta Carromero el del PP–, lo cual le dio una amplia red de relaciones y supuso un buen entrenamiento. El paso a las tertulias de las principales cadenas, con La Sexta al frente, consagró rápidamente su figura, la cual servía además como posible antídoto del previsible ascenso de Izquierda Unida, que había rechazado sus iniciativas de coalición. Frase a frase, su preocupación era exhibir su condición de izquierda intransigente frente a una derecha reaccionaria: de ahí que sus grandes momentos fueran los rifirrafes con el director de La Razón. Iglesias maneja con soltura la falsa evidencia –por ejemplo en relación al euro–, el sarcasmo –para descalificar al oponente– y las técnicas de márketing para captar adherentes entre los insatisfechos del sistema. Es un hábil líder populista.

Por eso mismo, a la hora de buscar su personalidad política, no hay que atenerse solo a la campaña electoral, dirigida ante todo a proponer el fin de «la casta» –estamos cerca de Grillo–, los dos partidos mayoritarios, y a capitalizar el malestar de tantos españoles, ofreciéndoles un programa de soluciones pormenorizadas que punto por punto llevan a ‘the World upside down’, el mundo vuelto al revés, frente a los poderes actuales. Allí hay de todo, desde la salida de la OTAN hasta la aplicación generalizada del ‘derecho a decidir’, de la democracia directa al igualitarismo. Él ofrece su imagen como garantía del auténtico socialismo, que el PSOE estaría olvidando: su nombre, Pablo Iglesias, es en sí mismo un regalo de los dioses para acometer esta tarea. Y la factura pagada por el PSOE al tener éxito la operación ha sido alta.

Aunque inició su carrera profesional en el departamento de Ciencia Política que yo dirigía, tuve pocos contactos con Pablo Iglesias, a pesar de haber sido amigo de su abuelo, Manuel Iglesias, un entrañable besteirista a quien conocí en 1969 cuando me lo señaló José María Maravall en el Ministerio de Trabajo: «¡Antonio, he visto a un socialista!», exclamó con asombro.

Más importa su temprana relación con otros estudiantes radicales que ahora le acompañan, caso de Íñigo Errejón, quien guió su campaña con mano maestra después de haber trabajado en Venezuela para lo mismo, al parecer, con Chávez, del cual fue entusiasta sostenedor. Con un brillante curriculum, Pablo fue discípulo del actual decano de la facultad, Heriberto Cairo, dedicado a Latinoamérica, siempre favorable a reclutar jóvenes listos e izquierdistas, un hombre también hábil y cuyo amparo debió de servir para su promoción. El círculo de amigos políticos se cierra con Juan Carlos Monedero, que fue consejero de Chávez y el teórico del ‘socialismo del siglo XXI’, para definir una política antiimperialista de sesgo igualitario y movilización de grupos populares de apoyo, que no suprime las elecciones pero que acepta, y encubre, las medidas de privación a los opositores de los derechos democráticos. Monedero es también un crítico radical de la Transición española y propugna una política de participación popular como alternativa a la democracia representativa vigente.

En el orden institucional, Iglesias pertenece a un Centro de Estudios Políticos y Sociales, cuya labor se centra en el estudio acrítico de los regímenes alineados con el legado de Chavez. A la vista de la producción doctrinal del grupo no existen dudas de que con Podemos la izquierda latinoamericana de inspiración chavista ha encontrado su camino hacia la Unión Europea. De esto, claro, solo se pasó rozando en la campaña electoral. Hay que leer las explosiones de demagogia de Pablo Iglesias sobre el golpismo de Prisa, la muerte de Payá (a costa de Carromero) o sobre el violento boicot de sus estudiantes afines a una conferencia de Rosa Díez, para entender al personaje. De ‘contrapoder’ a Podemos.