CARMEN MARTÍNEZ CASTRO-EL DEBATE
  • Los periodistas nos consideramos buenos y heroicos, el contrapoder que frena los abusos de resto de poderes, pero la realidad no es así
La confesión pública de su enfermedad por parte de Kate Middleton es un episodio de una violencia descarnada; una humillación de dimensión global, por no utilizar un término aún más duro. Confesar en público una enfermedad es lo más parecido a desnudarse en público y resulta evidente que esta mujer no lo ha hecho por propia voluntad. Ha tenido que renunciar a su privacidad acosada por la presión feroz de los medios de comunicación. La Princesa de Gales ha sido víctima de una implacable campaña de acoso que ha derivado en ese video humillante para ella y para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad.
Nadie le pedirá disculpas por haber convertido un inocente Photoshop en un problema de estado, dentro de unos días su gesto de esta semana se habrá olvidado y los medios que ahora lagrimean hipócritamente se lanzarán a otra cacería para buscar imágenes de su vulnerabilidad. No son días para sentirse orgullosos de esta profesión.
A los periodistas nos gusta considerarnos los guardianes de la democracia, vivimos del mito del Watergate, de la serie Lou Grant y más recientemente de The Newsroom. Nos consideramos buenos y heroicos, el contrapoder que frena los abusos de resto de poderes, pero la realidad no es así. No somos más que otra pieza del sistema que tanto nos gusta censurar, no somos la más ejemplar y sí la única que se resiste a hacer autocrítica. Nunca hacemos las cosas mal y ante nuestros errores o nuestros abusos, culpamos a los damnificados por tener una pésima estrategia de comunicación. Ese ha sido el guion de lo que acabamos de ver en Reino Unido.
Nos gusta poner y quitar gobiernos, poner y quitar partidos, poner y quitar candidatos y todo lo hacemos con el mismo tufillo de superioridad moral. Exigimos responsabilidades a cualquiera, pero nunca respondemos de las nuestras. Cuando se produce un daño irreparable, ponemos cara de buenas personas y enarbolamos el principio sagrado de la libertad de expresión, pero nunca revisamos nuestras conductas ¿Qué recorrido hubieran tenido los tejemanejes delictivos de Villarejo si no hubiera contado con la extensa red de periodistas dispuestos a difundir sus filtraciones? Hay decenas de empresarios con problemas judiciales por sus tratos con el comisario corrupto, pero nadie habla del papel imprescindible de los medios en sus actividades.
Denunciamos la corrupción, pero vivimos de confidencias de corruptos; criticamos la polarización política, pero participamos activamente en ella y cuando atropellamos a las personas, encogemos los hombros y seguimos adelante. Esta profesión tiene poco de ejemplar y nada de sagrada, por eso el corporativismo está de más. Y el corporativismo al servicio de la izquierda resulta aún más penoso. Los aspavientos de las asociaciones de periodistas contra Miguel Ángel Rodríguez, cuando se llevan acumulados tantos silencios ante ataques mucho más graves contra otros profesionales solo demuestran la misma hemiplejia moral de los sindicatos: solo se activan contra gobiernos de derecha.
En cuanto a la Princesa de Gales, ¡ojalá se recupere pronto! Lo suyo tiene cura, lo de los tabloides ingleses, no.