Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Tras hacer del PP un apestado, y abominar de Vox como algo peor que ETA, no puede abandonar el abrazo del oso de Sánchez y Bildu
Una de las cosas más locas de la política y el periodismo español es la incombustible confianza en que el nacionalismo separatista considerado moderado, y en concreto Junts y el PNV, regresen en cualquier momento al redil de la buena política, o bajen de una vez del monte atendiendo a las llamadas de seducción democrática, como decían los socialistas que acabaron pactando con ETA.
Es una doble quimera: hace mucho que dejaron de ser moderados y eligieron un camino que les impide volver a serlo, si es que alguna vez lo fueron; en realidad, en este asunto se confunde moderación con oportunismo ilimitado. Esperar del PNV apoyo a una eventual moción de censura contra Pedro Sánchez presentada por PP y Vox es una esperanza tan extraviada como esperar la conversión de Pedro Sánchez a la virtud democrática.
La puñalada a Rajoy y lo que vino después
Fue el oportunismo sin límite, una fuerza genética de este partido, el que aconsejó al PNV aprovechar la ocasión de oro, o eso creían, representada por la moción de censura del PSOE contra Mariano Rajoy, aquel aquelarre de la hipocresía y el cinismo donde José Luis Ábalos nos instruyó sobre la virtud y honradez política, tan ajenas a la corrupción congénita del Partido Popular. Aunque Rajoy había prometido al PNV lo habido y por haber -estaría bien saber exactamente qué-, lo cierto es que el joven caudillo socialista Pedro Sánchez prometía algo más beneficioso por partida doble, o triple.
En primer lugar, arrinconar a la derecha representada por el PP en un confinamiento político definitivo, prefigurado por el infame Pacto del Tinell catalán y resumido por Pablo Iglesias, estrella emergente entonces, en la famosa profecía de que la derecha nunca volvería a gobernar España. Al PNV le interesaba mucho esta ingeniosa reedición del Frente Popular porque eliminaba de un plumazo a un rival que no hacía tanto tiempo, el año 2000, acarició ganar el Gobierno Vasco. Al fin y al cabo, acabando con el PP el PNV se convertía de facto en “partido de orden” exclusivo de su feudo vasco, eliminando a la competencia españolista sin conceder absolutamente nada.
En segundo lugar, la marginación del PP como partido de gobierno por una larga temporada, dejaba a los herederos de Sabino Arana en libertad para la nueva batalla política vasca, efecto del fementido “proceso de paz” con ETA La batalla era disputar la hegemonía abertzale a Bildu contando con la colaboración de los socialistas vascos y navarros, contentos con su papel seguro de segundones tolerados en la Patria Vasca.
Y en tercer lugar, la dependencia literal de Sánchez de los votos del PNV permitiría acercarse todo lo posible al verdadero proyecto político de ese partido desde Sabino Arana: una comunidad política (casi) soberana, y únicamente nacionalista a todos los efectos que importan. Todo eso a base de cesiones indefinidas e inacabables de competencias del Estado para debilitarlo al máximo, Cupos de escándalo para financiar al nacionalismo y progresiva radicalización ideológica.
Un cuento de la letxera
Y así fue como el PNV decidió sacrificar la imagen de moderación, tan inmerecida, para unirse al cordón sanitario que debía estrangular por un par de generaciones a la derecha española. Pero, como es habitual, este cuento de la lechera no preveía otras consecuencias menos beneficiosas. El PNV se ha entregado con entusiasmo a la demonización no solo de la derecha democrática, liberal o conservadora, sino de todo el paquete ideológico relacionado. Hace ya años que el PNV es un partido no menos anti empresa privada y antiliberal (esto lo ha sido siempre) que Bildu. Por una razón doble, porque alejarse de la derecha le ha metido inevitablemente en los predios del anticapitalismo woke, y porque la competencia con Bildu dentro del nacionalismo ha terminado por convertirlo en fotocopia desvaída del original que representa Arnaldo Otegi, no el gris lehendakari Pradales..
Para disputar a Bildu el poder feudal y la ortodoxia ideológica el PNV no podía ser menos antisemita ni propalestino (por mucho que en tiempo simpatizara con el sionismo), ni menos hostil a la libertad económica, ni al pluralismo político, ni a la realidad en general. Ha conseguido no solo perder votantes en el empeño, sino militancia y atractivo: hoy es el día en que confiesan tener grandes dificultades para elaborar listas electorales en las elecciones municipales no ya en los pequeños pueblos guipuzcoanos, sino en los medianos. A base de cultivar un monolitismo identitario vergonzoso y más provinciano que nunca, y de erradicar el pluralismo y la diversidad en cualquier manifestación, han matado incluso la virtualidad de un nacionalismo doble, con su rama derecha e izquierda, que existió mal que bien incluso en 1936. Ahora sobrará uno de los dos, y no va a ser Bildu.
Y así, el nacionalismo mal llamado moderado, en realidad monopolista, está siendo arrinconado en las instituciones que monopolizaba. El PNV ha sido víctima de su propia trampa, convertirse en otro componente del bloque de izquierda extrema y antiliberal. No está en condiciones de presentarse como alternativa a nada. Tras hacer del PP un apestado, y abominar de Vox como algo peor que ETA, no puede abandonar el abrazo del oso de Sánchez y Bildu, que ya se imaginan un futuro de gobiernos de coalición vascos y navarros, cuyo sentido y misión anticipó con brillantez Koldo García.
Una excusa vergonzosa
La razón esgrimida por el PNV para poner distancias, abstenerse en algunas votaciones y pedir adelanto electoral con la boca pequeña es la publicación en redes sociales de una caricatura bastante boba, de IA generativa, donde el muy incompetente Aitor Esteban se zambulle en una piscina. El motivo ha escandalizado en negativo, porque evidencia que al PNV no le indigna la corrupción sistémica del sanchismo o cualquier motivo políticamente santo.
¿Pero cómo iba a indignar esa corrupción a un partido sanchista de facto? Si los 850 asesinatos de ETA y los desmanes terroristas no les conmovieron, menos iban a hacerlo las trapisondas de la corrupta cúpula con la que han concertado matrimonio político de complicada disolución. Menos aún cuando la alternativa es temible: que Bildu les arrebate el futuro gobierno vasco asociados con los socialistas. Y pasaría seguro votando contra Sánchez con PP y Vox, arrojándolos a la tenebrosa ausencia de poder que desconocen desde 1978. A ellos, no a la derecha en auge con la que finalmente el nacionalismo tendrá que enfrentarse tras romper todos los puentes.