FRANCISCO ROSELL-EL MUNDO

En estos prolegómenos del otoño, donde la confusión política es mucha y el panorama económico se encapota, las expectativas electorales que parecen vislumbrarse en lontananza evocan un cómico episodio. Los indios de una tribu, tratando no verse sorprendidos por el invierno, requieren el consejo del hechicero. Para no pillarse los dedos, el chamán les aclara que aún es pronto para predecirlo, si bien presume que se avecina una estación fría. Su medrosa respuesta no evita, no obstante, que todos se pongan manos a la obra para hacer acopio de leña. Al no satisfacerle por completo un vaticinio hecho para salir del paso, el brujo telefonea al Servicio de Meteorología. Allí le ratifican que, en efecto, van a registrarse temperaturas muy bajas, lo cual le alivia.

A los pocos días, los suyos vuelven a la carga ratificándose éste en que el termómetro iba a quedarse tiritando y que deberían andar sobre aviso. Aun así, el curandero se pone de nuevo en comunicación con Meteorología, donde esta vez se disculpan porque han de rectificar su pronóstico: la climatología descenderá más grados de los predichos. El proceso se sigue repitiendo, mientras los aborígenes se afanan en amontonar troncos. Finalmente, al no lograr espantar del todo la mosca que ronda su oreja, el augur traslada a los meteorólogos una duda a la que no deja de darle vueltas: «¿Por qué están tan convencidos de que el invierno será tan glacial?». Y la contestación del experto le sume en la perplejidad: «Mire, la verdad es que lo ignoramos. Pero los indios llevan semanas recogiendo leña como posesos».

Con respecto a una repetición electoral el 10-N, tras la fallida investidura de julio y al persistir las desavenencias entre PSOE y Unidas Podemos, todo anticipa que ése es el propósito que anima también a Pedro Sánchez, si se atiende a las señales que emite desde, prácticamente, la noche electoral del último domingo de abril. Desde entonces, en vez de echar toda la carne en el asador para recabar los apoyos precisos, éste no deja de hacer provisión de madera para acudir a las urnas bien pertrechado.

Con relación a la investidura que le encomendó el Rey hace tres meses, ni hizo sus deberes en junio ni tampoco parece dispuesto a hacerlo en septiembre, más allá de los flatus vocis. Si en su primera tentativa se limitó a dar un empujón de última hora con Podemos que acabó como el rosario de la aurora, tras la pausa estival reitera el ardid para hacerse la víctima de los males que él mismo se procura. Si tuvo al alcance de la mano ese acuerdo antes de recogerse en Doñana, ahora todo será más embarazoso. A las reticencias de Iglesias, se suma el hecho incontestable de que el otoño catalán –entre los aniversarios del 11-S y el 1-O, más la inminente sentencia del juicio a los golpistas– ensombrecerá más la situación. Los independentistas no van a estar muy colaboradores que digamos. Como le anticipó ERC que otrora le apremiaba.

Por mor de ello, se avizoran elecciones en las que el PSOE, aunque mejore sus escaños optimizando su posición de Gobierno, equiparándose a los 137 de Rajoy en 2016, penderá punto más, punto menos, de un Podemos ineludible para completar la nota de reválida. Confiará en que Pablo Iglesias se caiga del caballo y el batacazo le haga ver la luz como a Saulo camino de Damasco.

Clama al cielo que, con los ejecutivos europeo, autonómicos y municipales ya conformados tras unos comicios postreros a las elecciones generales y en medio de una enorme complejidad en muchos de ellos, la negligente incapacidad de Sánchez para cumplimentar el encargo real del 6 de junio. Ello prolonga la paralización del país en un momento de enorme dificultad política y económica. Una frivolidad impropia de quien desempeña tan alta encomienda, aunque sea en funciones. Sólo se explica por su empecinamiento en gobernar en solitario, como el mismísimo rey Sol, sin que le den para tal privilegio sus 123 escaños.

Aunque hace gala de estar más cerca de los que quieren demoler el sistema constitucional que de aquellos que lo sostienen –valga como último botón de muestra la entrega de la Alcaldía navarra de Huarte a Bildu, como le exigían los filoetarras–, Sánchez ha podido configurar mayorías a izquierda y derecha, al disponer de pareja de baile a ambos lados del hemiciclo. No obstante, prefiere ir en pos de unas elecciones plebiscitarias.

Como Boris Johnson en la crisis institucional que ha desatado al suspender cinco semanas el Parlamento del Reino Unido para ejecutar su Brexit duro, poniendo en solfa una Constitución de más de ochocientos años que, sin estar escrita, está grabada en el sentimiento y en los hábitos ciudadanos, Sánchez se beneficia de la limitada capacidad de arbitraje de la Monarquía. A diferencia de Italia, donde el presidente Mattarella, un condotiero de la vieja Democracia Cristiana, ha frustrado la jugarreta del ultraderechista Salvini de forzar elecciones anticipadas. Como aquí el líder socialista, salvo capitulación de Unidas Podemos. No parece, desde luego, a tenor de lo acontecido el jueves en el debate sobre el rescate de emigrantes de la ONG Open Arms, donde se registró el vapuleo inmisericorde a la vicepresidenta Calvo. Ésta asumió ser «la niña de los palos» de Sánchez, como aquellos críos que, en las monarquías feudales, soportaban el castigo que el ayo real imponía al heredero.

Si Isabel II ha debido comulgar con el trágala de un primer ministro que no ha concurrido a las urnas como aspirante al puesto, estampando su firma bajo la expresión normanda La Reyne le veult (La reina lo quiere), que subsiste aún, lejos de su antaño prerrogativa de veto bajo la fórmula La Reyne s’avisera (La Reina pensará sobre ello), aquí Felipe VI goza de escasa capacidad de maniobra para desbloquear lo que Sánchez enreda jugando con la paciencia de los españoles y en favor de sus particulares intereses. Con su irresponsabilidad, daña las instituciones como ya principió con una moción de censura que debía haber sido constructiva, según la Carta Magna, pero que fue destructiva a través de su alianza Frankenstein con podemitas, separatistas y bilduetarras.

En esa deriva, Sánchez retoma la estrategia que dispuso para recobrar la secretaría general del PSOE tras ser removido por los barones al no respetar las rayas rojas que le habían fijado. Así, desde su malograda investidura de julio, en vez de intensificar la negociación con los partidos, ha suplantado esa interlocución con un carrusel de citas con los coros y danzas de la izquierda subvencionada. Fue la senda que emprendió en las primarias de su resurrección cuando Susana Díaz lo daba por muerto y él se apuntaba a la oficina de empleo a la busca de un oficio honesto, parafraseando a Borges en su Utopía de un hombre cansado.

A primera vista, pareciera –apreciación que no tiene por qué ser incompatible– que Sánchez pretende con estas concurrencias socavar y meter presión a Podemos, al tiempo que siembra votos. Además, reuniéndose con esos colectivos, simula mayor fortaleza que sus 123 escaños. Al igual que Queipo de Llano se adueñó de Sevilla en la Guerra Civil fingiendo comandar el Ejército de África cuando sólo mandaba dos escuadras de moros de los Tercios de Regulares. Sin llegar al centenar de milites, triplicó su apariencia montándolos en cinco camiones y dándoles vueltas por Sevilla la Roja amplificando su efecto visual con sus bravatas radiofónicas. Primero los hacía circular uniformados de requeté, luego de regulares y finalmente de falangista.

No en vano, muchas de las asociaciones convenidas por Sánchez se adscriben al PSOE con diferentes marcas. Son prolongaciones de las que se vale el partido para sus fines y dar la apariencia de ser autónomas representando, de paso, los genuinos deseos de la sociedad civil.

Es la explosión del fenómeno del directismo que, en 1998, en una comunicación que remitió a las Cortes españolas con ocasión del vigésimo aniversario de la Constitución, llevaba a Giovanni Sartori a aseverar: «Hace 20 años me preguntaba: ¿matará la democracia a la democracia? Ahora estoy aún más seguro de que, con el directismo, la respuesta es sí». El politólogo italiano alertaba previsoramente sobre el peligro que entrañaba la seducción del direttismo, esto es, sobre cómo la democracia directa podía devastar una democracia representativa que es la única que garantiza la libertad.

Al tiempo que denunciaba la existencia de fallos en los regímenes parlamentarios que debían repararse como el desapego entre representantes y representados, o la dudosa cualificación de quienes se dedican a la política, Sartori apuntaba que la democracia representativa no puede funcionar bien en una sociedad que había hecho los últimos 40 años del «antielitismo» su grito de batalla y que 20 años después de su magistral ponencia es una pandemia mundial.

A su entender, siendo constatable que la democracia directa no resuelve los problemas de la democracia representativa, el directismo ganaba terreno. «No sólo», argüía, «porque ofrece una solución simplista y fácil de aprehender por los simples, sino también porque no está encontrando prácticamente ninguna oposición». Por contra, se le allana el camino como en una Gran Bretaña en la que ni, en pleno fragor de los bombardeos alemanes durante la II Guerra Mundial, cerró las puertas su Parlamento. Incluso Churchill afrontó una moción de censura. Hodierno –«o tempora, o mores!», volvería a exclamar Cicerón– su biógrafo Boris Johnson, que ha basado toda su trayectoria periodística y política en la mentira, clausura temporalmente esa Cámara en que se funda su democracia.

En Inglaterra, se solía decir que la desaparición de las nieblas supondría tanto como si se hundiera la monarquía, quebraran los bancos o los jueces echaran su peluca al cesto de los papeles, y así parece acaecer en esta revuelta época en la que las democracias no sucumben por violentos golpes de Estado, sino mediante su lenta, a veces imperceptible, degradación por parte de quienes subvierten el mandato de las urnas.

Por eso, no cabe preguntarse por quién dobla el Big Ben –la gran campana del reloj del Palacio de Westminster, sede del Parlamento–, como en los versos de John Donne que inspiraron la novela de Hemingway sobre la Guerra Civil española, sino por todos los demócratas. Qué mejor ocasión para recordarlo que la conmemoración este 7 de septiembre del 160 aniversario de la colocación del reloj del Big Ben.