Antonio Rivera-El Correo

  • El peor momento de la historia del PSOE llegará cuando no tenga ni líder de sustitución ni legitimidad para competir ni poso ideológico

¿Es, como dice García-Page, el peor momento de la historia del PSOE? Seguro que no. Su papelón en la Guerra Civil, su colaboracionismo con Primo de Rivera, su apuesta revolucionaria en 1934, el colapso en el interior a mitad de la dictadura franquista o la necesidad de reinventarse en la Transición constituyeron instantes de mayor riesgo para su continuidad. Los actuales líderes socialistas saben poco de la historia de su partido; uno acaba de decir que ese peor momento fue el epílogo felipista de 1993 a 1996. En fin.

Ayer podían haber dado un golpe de timón y lo único que hicieron –hizo– en el comité federal fue reeditar los alineamientos del año pasado. Inasequibles al desaliento, ajenos a la realidad y apretados en torno a su guía, ese es el resumen de lo acontecido. El PSOE, de seguir así, sí que puede dar la razón a García-Page y arribar al peor momento de su secular historia. Por tres motivos: liderazgo, legitimidad e ideología, las madres del cordero de un partido político.

El PSOE perderá un día las elecciones. Serán las del primer trimestre del año próximo o las siguientes, pero las perderá. Es ley de vida democrática. En ese instante, se desvanecerá la incontestable adhesión sanchista. Algunos dirán que ellos antes no. Ha pasado más veces. Por eso sería bueno que las voces disonantes no se apreciaran como criminales (Madina, García-Page, poco más), porque van a ser necesarias, como sus dueños, para materializar la travesía del desierto que seguirá a la derrota. Ha pasado siempre, aquí y en todo lugar. Es pura ley, mecánica, física. Negarse a ello o pensar al margen es de necios e irresponsables con la naturaleza colectiva, no autocrática, de la historia de un partido político.

El PSOE está atentando contra el Estado de Derecho, alentando reacciones sociales irrespetuosas de la división y equilibrio de poderes, del respeto a los tribunales, del Estado abstracto y de la aceptación del marco constitucional. Ha convertido la gestión pública en una almoneda donde sus socios acuden como expoliadores. Cuestiona la continuidad jurídica del Estado para satisfacer las necesidades y demandas de unos compañeros de viaje que no aspiran sino a la liquidación de este. Incluso quiere confundir una agenda política inexistente con la voluntad de asentar derechos sociales a base de dinero no presupuestado (vg. siete mil millones la pasada semana para dependencia).

Ese desmantelamiento de la lógica del Estado de Derecho, como insiste su antiguo presidente del Senado, Manuel Cruz, socialista independiente –de carné y juicio–, va a facilitar que en el futuro las derechas acudan al mismo argumento fuera de cualquier legalidad y legitimidad: si lo han hecho las izquierdas, ¿por qué no las derechas? La ciudadanía democrática se está quedando aquí también sin argumentos de defensa.

Por último, en tercer lugar, desde los gobiernos de Rodríguez Zapatero y, en un contexto diferente después, con los de Sánchez, la naturaleza ideológica del PSOE ha mutado, pasando de la socialdemocracia (gradualista, respetuosa del pluralismo y de las normas, dialogante con el opositor, tendente a los acuerdos y el consenso) al izquierdismo (radical, democracia más republicana que liberal, sospechoso de las instituciones, partidario de la confrontación, populista, reticente de la alternancia). Es un cambio similar al de otros países, sumidos en la polarización y en la dicotomía de opciones (vg. Estados Unidos o Francia, y otros más). No están mejor que nosotros, pero eso no es consuelo. La nueva izquierda de acumulación es populista radical. Hoy la dirige aquí el PSOE, pero, fuera del poder, perfectamente la podría representar otro izquierdista más eufórico y peligroso (un Mélenchon, por ejemplo). En todo caso, el PSOE estaría fuera de su contexto, sometido a una contingencia política que cualquiera ajeno podría representar mejor que él.

Entonces sí que será el peor momento de la historia del PSOE, cuando no tenga ni líder de sustitución, ni legitimidad para competir dentro de unas reglas de juego alteradas, ni poso ideológico para hacerlo mejor y más consistentemente (y democráticamente) que sus coyunturales competidores en la izquierda. Eso es lo que se están jugando ese partido y el país, y a lo que ayer no fueron capaces de dar una mínima respuesta.