¿Qué es terrorismo?

ANTONIO ELORZA, EL CORREO 04/11/13

Antonio Elorza
Antonio Elorza

· Poner lo sucedido en medio siglo de historia bajo el manto de la ‘violencia’ desfigura lo que realmente protagonizó la vida política vasca.

Como tantas otras cosas en este país, las declaraciones del fiscal Calparsoro manifestando que la etarra excarcelada no es ya terrorista suscitan ante todo perplejidad. Un violador obsesivo, un parricida o un corrupto cumplen la pena por sus respectivos delitos y no pueden ser juzgados de nuevo por ellos, recuperando la condición de ciudadanos de pleno derecho, pero eso no impide que decaiga su calificación salvo si existen pruebas no ya de arrepentimiento, sino por lo menos de rectificación de su conducta. Para nuestro caso, existiría el antecedente de los dirigentes de las Brigadas Rojas que en Italia declararon en su día que no tuvo sentido su sanguinaria forma de puesta en práctica de la lucha de clases. De producirse este caso entre nosotros, tras el cumplimiento de la pena la calificación pertinente sería la de exterrorista, pero ello no corresponde con la actitud adoptada por la señora Del Río ni por la mayoría de sus correligionarios presos, los cuales de forma explícita o mediante el silencio confirman su adhesión a lo que ETA ha significado.

Con las palabras no caben juegos, según explica un proverbio confuciano que paso a resumir: «Lo esencial es que las designaciones sean correctas; si no lo son, los asuntos del Estado fracasan, las sanciones y los castigos no pueden ser justos, y sin justicia el pueblo no sabe cómo actuar». Más allá de la valoración que merezcan las palabras del citado fiscal, resulta claro que las mismas debieron inevitablemente causar el dolor de un colectivo, las víctimas, y una confusión general. Por eso es útil volver sobre el significado del terrorismo, que no es un rótulo de quita y pon, sino un término de uso necesario para la designación de determinados hechos violentos y cuya sustitución por eufemismos puede servir a intereses partidarios cuya base sea la manipulación de la verdad. Es lo que sucede entre nosotros al envolver la ejecutoria de ETA en la calificación de ‘violencia’.

Claro que las acciones de ETA, o las de los GAL en su día, fueron actos de violencia, pero su naturaleza los hizo singulares respecto a otras formas perfectamente definidas de violencia política. Fueron, unas, manifestaciones de terrorismo nacionalista puro y duro, las otras de terrorismo de Estado. De manera que poner lo sucedido en medio siglo de historia bajo el manto de la ‘violencia’ desfigura lo que realmente protagonizó la vida política vasca y, desde ella, la del conjunto de España. La trayectoria mortífera definida por ETA tiene así una sola calificación posible, ‘terrorismo’, y apartarse de ella para supuestamente favorecer la convivencia en la sociedad vasca responde a un propósito inequívoco de edulcorar una amarga memoria.

‘Terrorismo’ es un concepto político, como todos, susceptible de discusión científica y de revisión de contenido hasta ciertos límites. De entrada, cabe incluso un terrorismo cuya puesta en práctica fue justificable en el marco de un conflicto de naturaleza estrictamente bélica, como en los movimientos de resistencia antinazi en la Segunda Guerra Mundial o en la guerra de Argelia. Eso sí, no sin peligro de deslizamiento por una analogía abusiva (‘Vasconia’, de Krutwig) o del riesgo de la legitimación del terror como forma de acción política experimentado en Argelia.

La delimitación conceptual del terrorismo no es difícil y resulta pertinente su aplicación al caso vasco. Es una táctica, preferente pero no exclusivamente política, que consiste en la ejecución seriada y sistemática de acciones puntuales de violencia. Las mismas han de ser de alta intensidad, provocando muertes o importantes destrucciones. En cuanto a la organización, comprendida la propia del terrorismo de Estado –ejemplo, los GAL–, ha de ser críptica. En fin, el terrorismo surge de la estimación de asimetría en cuanto a la relación de recursos disponibles respecto del poder dominante. Busca generar inseguridad, esto es, la sensación de que a pesar de la disparidad de fuerzas la victoria del Estado es imposible (leitmotiv entre nosotros en el discurso del PNV, al rechazar siempre la hipótesis de una solución policial del terrorismo).

Incluso cuando la derrota ha tenido lugar, resulta negada y se insiste en que de no ser puesta en marcha la negociación con esa ETA vencida no se consolidará ‘la paz’, como si esta consistiera en el reconocimiento social y político de los valores del terror, o en el cumplimiento por lo menos parcial de sus fines políticos. De ahí la insistencia de ETA, subrayada por Florencio Domínguez, desde los orígenes hasta hoy, en la ‘negociación’ con el Estado; no entendida como fórmula de acuerdo entre las partes, sino primero como encubrimiento de su verdadera práctica –‘Alternativa democrática’, de 1995–, y luego como cauce para ver reconocida su representatividad del ‘pueblo vasco’ y lograr los objetivos que la democracia les niega.

Amparándose en la invocación de ‘la paz’, la desfiguración de lo que fue el terrorismo en Euskadi sirve al propósito de absolverle de sus gravísimas responsabilidades, mientras sobrevive el culto a su aura patriótica. No faltan antecedentes en España. Tenemos ahí el caso del terrorismo anarquista practicado desde los años 20 hasta la Guerra Civil, que estudié en mi libro ‘Anarquismo y utopía’: a pesar de las pruebas abrumadoras de la tragedia que representó el pistolerismo de los «mejores terroristas de la clase obrera» –como denominaba al grupo de Durruti & Co su teórico García Oliver–, culminando en la «euforia criminal» de la segunda mitad del 36 en Barcelona, su recuerdo se ha diluido y ni siquiera se incluye en la monumental historia del terrorismo ‘El laberinto del miedo’, de González Calleja. Quedará la imagen de la Disneylandia libertaria filmada por Ken Loach. Algo parecido puede acabar pasando con ETA, y con mayor riesgo, dado que la ideología de base permanece.

ANTONIO ELORZA, EL CORREO 04/11/13