Ana Sánchez-ABC

  • La acumulación de casos de corrupción está debilitando el miedo a la ultraderecha como resorte para cerrar filas con el PSOE

Este sábado, en la mesa contigua del restaurante, había dos amigos hablando de política. Uno estaba enterado de todas las novedades relacionadas con casos de corrupción y se las iba relatando al otro, que no había sido capaz de seguir el ritmo de la información.

No es extraño si tenemos en cuenta que, del lunes al viernes, conocimos las declaraciones de IRPF no presentadas por Julio Martínez, la condena de David Sánchez, el informe patrimonial sobre Santos Cerdán, la acreditación policial de pagos del PSOE a Leire Díez y el respaldo de la Audiencia Provincial a que Begoña Gómez sea juzgada por un jurado, por recordar solo lo más escandaloso.

El amigo más desconectado escuchaba el resumen, inevitablemente opinativo, por boca del otro, y se le iban escapando exclamaciones como «qué vergüenza de país» o «vaya cantidad de sinvergüenzas». Al final, se quedó con tal impresión de descomposición política, que buscó la tranquilidad en la idea de que Sánchez no se presentaría a las próximas elecciones.

Su amigo lo remató.

-«¡Que va! Ha dicho que se va presentar, y que quiere gobernar hasta 2035».

Y entonces al que escuchaba le salió del alma:

-«¡No! ¡Que se vaya Sánchez, aunque gobierne Vox!».

El «aunque» revela que este ciudadano ve al partido de Santiago Abascal como un mal menor dentro de un Gobierno del PP, pero como un mal al fin y al cabo. Sin embargo, esa opción le parece preferible a la continuidad de un líder cercado por casos de corrupción que afectan a su partido, a sus colaboradores más cercanos y a su entorno personal. Un líder que no gobierna para resolver los problemas de los ciudadanos, sino los suyos propios.

La permeabilidad de este ciudadano hacia Abascal es instrumental: que se vaya Sánchez. Probablemente no se convertirá en votante de Vox ni compartirá todo su programa pero ha dejado de considerar intolerable un gobierno en el que participe este partido, si la perspectiva es soportar cuatro años más de escándalos. Es un cambio que encuentra ciertos paralelismos en la evolución de muchos votantes en Francia, Italia o Países Bajos.

La conversación no demuestra por sí sola ningún movimiento electoral, pero ilustra un cambio de fondo que sí detectan las encuestas: la desafección hacia Sánchez y el debilitamiento del miedo a la ultraderecha como resorte para cerrar filas con el PSOE. Hay un dato muy tozudo, registrado por GAD3, Sigma Dos y 40dB en sus últimas encuestas, con poco margen de variación entre ellas: alrededor de un tercio de quienes optaron por el PSOE el 23J no lo haría ahora. Sobre las causas de la desafección, Sociométrica constató en junio que el 44,2% de los votantes socialistas consideraba que el Gobierno debía dimitir por los escándalos de corrupción. El cortafuegos se está resquebrajando: «Que se vaya Sánchez, aunque gobierne Vox».