DAVID GISTAU-EL MUNDO

Tras varios días de feroz guerrilla urbana, nadie puede ignorar que al independentismo se le ha quedado definitivamente expuesta una naturaleza violenta pese a los esfuerzos por minimizarla

Dentro de Barcelona, existe un espacio céntrico, perdido para la vida cotidiana, que en jerga militar podría llamarse «el teatro de operaciones». Esa zona agreste afecta a los grandes hoteles, los prolijos bares de diseño, las tiendas internacionales y algunas de las más hermosas muestras de la arquitectura. Cuando uno va a pie hacia el centro por avenidas como la de Aragón, incluso en horas matinales todavía mansas, sabe que está entrando en el teatro de operaciones porque la brisa trae de pronto un olor distinto, a plástico quemado, y porque en el asfalto aparecen las improntas oscuras dejadas por las barricadas en llamas de la noche anterior. Los servicios municipales de limpieza, cuyo trabajo está sometido estos días a una frustración como la de Sísifo, habrán logrado retirar los escombros, los cascotes y los cristales rotos, así como los esqueletos calcinados de los ciclomotores.

La huelga de ayer tuvo escaso impacto fuera de esas manzanas raptadas por el gamberrismo. En barrios como el de Sants, los supermercados, las clínicas veterinarias y los cafés estaban abiertos y por las calles caminaban personas trajeadas que iban a la oficina. Los comerciantes que cerraron, ahí donde no llegaban las patotas coercitivas, lo hicieron porque quisieron, y algunos dejaron en los escaparates un cartel en el que se leía: «Tancat per dignitat». En las calles más expuestas a la presencia de los CDR, algunos establecimientos cerraron, por convicción o por miedo, o decidieron probar a abrir antes de que llegaran las columnas, entre ellos franquicias internacionales que habían reforzado la seguridad propia. Pequeños comerciantes, propietarios de cafeterías, peluquerías o tiendas de ropa, con menos recursos defensivos, estaban abiertos pero con la persiana a medio bajar por si acaso los acontecimientos, o una visita intimidatoria, hacían necesario cerrar de pronto. En algunos bares había que golpear la persiana para entrar, como en la clandestinidad de un «speakeasy».

Durante toda la mañana, por las calles fueron entrando las columnas. Algunas eran enormes, completaban días de marcha por autopistas. Otras, menores, eran vecinales o corporativas, como las de estudiantes o estibadores. La afluencia hacia la plaza de Cataluña y el paseo de Gracia convertía en un excéntrico atropellado por la masa a cualquier caminante que fuera en dirección contraria. A mediodía, el paseo de Gracia se llenó de caminantes, casi podría decirse que de peregrinos de la independencia, que almorzaban de tartera sentados en los bordillos y en el asfalto. Se iba conformando la muchedumbre transversal, tanto en lo generacional como en lo sociológico, familiar, pacífica, que protagonizó en los últimos años las Diadas y sirvió de coartada a la «revolución de las sonrisas». Con esta presencia colectiva, aunque algo menguada si se compara con los años más febriles de la militancia, el independentismo demostraba que no es un movimiento agónico, que aún vertebra a muchos miles de personas que no son alborotadoras y acuden a la llamada.

Sin embargo, después de tan sólo unos días de feroz guerrilla urbana televisada para el mundo, ya nadie puede ignorar que al independentismo se le ha quedado definitivamente expuesta una naturaleza violenta que mantenía oculta como en el retrato de Dorian Gray. Los esfuerzos por justificar o minimizar esta violencia, o por adjudicar la culpa a la policía, son intentos, llenos de deshonestidad intelectual, de proteger el arquetipo beatífico de aquel independentismo que cantaba Imagine. Mientras en el paseo de Gracia el independentismo se veía a sí mismo tal y como se tiene idealizado, en la vía Layetana su retrato de Dorian Gray abría el turno de violencia con el asalto de la Jefatura de la Policía. Nada más comenzar por las callejuelas del Gótico y el Born las carreras, nada más empezar los radicales, con sus cascos y sus gafas de esquí o de buceo, a robar macetas de los bares para formar barricadas, los comerciantes fueron diciéndose los unos a los otros que esta vez no quedaba más remedio que cerrar. Ya crecían para entonces las lenguas de fuego. Los comerciantes bajaron las persianas con la expresión llena de rabia, algunos con lágrimas y consolados por el propietario del establecimiento colindante. La violencia que, en hora más temprana de lo habitual, estallaba a su alrededor se correspondía con la que se pudo observar la víspera en la calle de Valencia: más dura y organizada, llena de recursos tácticos, más dispuesta a chocar con la Policía, menos ejercida por colegiales y turistas de la emoción. En esos primeros embates de la que se anunciaba como una larga noche de violencia, algunos policías salían de la línea heridos, a veces incapaces de caminar sin la ayuda de los compañeros.

A la manifestación de ayer acudieron activistas de extrema izquierda procedentes de otros lugares de España. Por ello abundaron las banderas tricolores republicanas, una gigantesca incongruencia histórica, posible sólo en una visión de las cosas regida por la ignorancia, que sin embargo demuestra que una parte de la izquierda española, la que busca la voladura del régimen del 78, ha encontrado acomodo en esta causa de la antiEspaña y no se disocia de ella ni siquiera ahora que su violencia aumenta, se descontrola y configura el enfrentamiento civil. Es muy probable que al compromiso de esa parte de la izquierda española con el independentismo se deba en gran medida la dificultad de aceptar el caos violento que estropea las credenciales de superioridad moral con que el independentismo ungía a todos los fugitivos de la asociación de ideas España/franquismo que increíblemente aún influye en la mentalidad de muchos nacidos en el siglo XXI. España permanece a merced de prejuicios que no merece. Y, mientras, arde.