Ignacio Camacho-ABC

  • El indulto blanqueará también la mala conciencia del Gobierno por haber alquilado el poder a una cuerda de presos

Al ministro de Transportes y etcétera lo ha enviado Sánchez en auxilio del de Justicia para allanar la autovía del indulto a los líderes independentistas. Ábalos, que ejerce de fontanero mayor en el Partido Socialista, es un hombre de talante seco y expresión arisca, poco hábil en la diplomacia política y proclive a moverse en situaciones conflictivas con la delicadeza de un elefante en una cristalería; el «caso Delcy», del que acabó ofreciendo media docena de versiones distintas, es un ejemplo paladino de su rusticidad ejecutiva. Digamos que no es el dirigente mejor pertrechado para limar las aristas de un debate con alta complejidad jurídica.

Su tesis sobre «la obligación moral de aliviar las tensiones» con los separatistas catalanes asimila al Gobierno con una sala de baño y masaje y olvida que antes que relajar el estrés de nadie el Ejecutivo tiene el deber de hacer cumplir las sentencias y respetar el criterio de los tribunales. El mensaje transmitido por Ábalos con su lengua de madera sugiere que el delito de sedición no es cosa grave, que un golpe contra la integridad del Estado no debería merecer la pena de cárcel y que no hay motivo razonable para preocuparse si los condenados salen a la calle sin haber hecho frente a sus responsabilidades. Aplacar la tirantez con el separatismo es más importante que defender la vigencia de los principios constitucionales.

Y a ello va el Gabinete, dispuesto ya sin rubor ni recato a la despenalización completa de sus principales aliados. El derecho de gracia le permite pasar por encima de la opinión de la Fiscalía y de los jueces si es necesario, como se ha encargado de advertir la vicepresidenta Calvo, que tampoco es un modelo de pensamiento abstracto. Aquel Sánchez de la oposición que apreciaba en el procés un supuesto de rebelión diáfano queda muy lejos del gobernante plegado a las cláusulas ocultas de los pactos que lo alzaron y lo mantienen en el cargo. Al fin y al cabo, el indulto servirá para disipar sus propios remordimientos, si no de conciencia al menos estéticos, por haber alquilado el poder a los cabecillas de un partido insurrecto. Soltarlos le supondrá unos días de revuelo, crispación y estruendo pero a cambio obtendrá la liberación de un cierto sosiego interno. Administrar el perdón a los demás es un privilegio pero perdonarse a sí mismo no tiene precio. Quizá Ábalos se refiriese también a eso: a la necesidad de calmar el sentimiento de culpa de un Gobierno nacido de la alianza con una cuerda de presos.

A tal efecto van saliendo los ministros, como los heraldos negros del poema de César Vallejo, a preparar el terreno para la gran operación de blanqueo que para mayor escarnio y revancha tendrá que firmar el mismo Rey que paró el levantamiento. Estaba escrito en el veredicto del Supremo: no fue más que un ensueño. El de la prevalencia del Estado de Derecho.