Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- El personaje y su banda son culpables de nuestras desgracias presentes y debemos reflexionar sobre si es la causa o el efecto de tantos males
Pues señor, la humana tendencia a querer explicaciones simples de problemas complejos y a tener un chivo expiatorio a mano ha llevado a muchos a dar por seguro que nuestros problemas de corrupción, ineptocracia, expolio fiscal y marginación internacional son causados únicamente por Sánchez y el sanchismo. Sin embargo, y aunque sin duda alguna el personaje y su banda son culpables de nuestras desgracias presentes, también debemos reflexionar sobre si es la causa o el efecto de tantos males. Sobre todo para procurar que no se repitan.
Se han filtrado los vídeos del intento de pucherazo perpetrado por Sánchez y los suyos en la célebre votación del Comité Federal del PSOE, con el propósito de impedir la abstención socialista en la segunda investidura de Mariano Rajoy del año 2016. Quizás los filtradores que los han pasado a la periodista Ketty Garat intentan que el país repare en el déficit político y moral del protagonista, y en el daño que fue capaz de perpetrar incluso a su propio partido.
Pero dudo que la actualización de aquel escándalo, bien conocido en su momento, vaya a cambiar nada. El sanchismo nació de la fechoría, que le proporcionó beneficios extraordinarios: Sánchez recuperó la Secretaría General del PSOE con el apoyo de la militancia y arrollando al aparato (claro que con Patxi López de alternativa principal en las primarias, tampoco fue de extrañar). Para las bases, pasadas al populismo estilo Grupo de Puebla, no hubo daño alguno a la reputación del socialismo, sino que su joven caudillo reconquistó el poder que quieren en monopolio.
¿Qué es lo peor de toda esta historia?: que todo el mundo sabía, o podía saberlo si quería, quién era Pedro Sánchez, a quién votaba para secretario general del PSOE tras haber sido expulsado del cargo por la Ejecutiva, y después a quién votaban para presidente del Gobierno de España. Cualquier duda quedó despejada tras mentir reiteradamente sobre sus futuros pactos con los golpistas catalanes, Podemos y Bildu. El hecho es que millones de españoles votaron a sabiendas a un tipo que había intentado un pucherazo en su propio partido y que por eso fue expulsado de la secretaría general, cuya estrategia política se limita a dividir el país en amigos y enemigos, absolutamente carente de escrúpulos y sin más principios que disfrutar del poder sin límite. Trepó a lo más alto por la indiferencia de millones hacia la corrupción política, moral e intelectual, y ahora no hay modo de bajarlo.
La conclusión será desoladora, pero necesaria: Sánchez jamás habría llegado a donde llegó en una sociedad democrática con un mínimo aprecio por la verdad y rechazo de la mentira, intolerante con la corrupción y con la autoestima colectiva imprescindible. Con él y sus sicarios todo ha ido a peor, y aún no vemos hasta dónde llegará la degradación, aunque sabemos que muy lejos y muy abajo, a la vista del poder casi ilimitado del ejecutivo en nuestro sistema constitucional. No puede, cierto, domar a los jueces, pero sí destrozar el funcionamiento de la justicia y llevarla a la parálisis con la Ley Bolaños. Admitamos, porque importa, que las bases para la catástrofe estaban puestas desde mucho antes.
Otros casos mundiales
Como tanto tiempo ha sostenido Rosa Díez, la caída empezó con Zapatero y la indiferencia o alivio general por las nefastas concesiones a ETA presentadas como falaz “proceso de paz”. Y los gobiernos de Rajoy, lejos de enmendar y corregir la tendencia con la mayoría absoluta que para eso recibió, redujeron toda solución a exprimir al contribuyente, empeorando el futuro a base de pasividad, complicidad e ineptitud. Rajoy puso la alfombra a Sánchez, Puigdemont, el 15M, Podemos y Bildu. Por eso es tan importante darnos cuenta de que no se trata sólo de cambiar siglas y nombres, sino reglas y actitudes.
Tampoco somos excepcionales. El mundo ha asistido al ascenso de personajes políticamente nefastos al calor del populismo, que en buena parte es una reacción al fracaso de las élites en ofrecer algo distinto a conformismo, pasividad y defensa de sus privilegios. Pocas cosas son tan intercambiables como los populismos, se rebocen en retórica derechista o izquierdista, y por eso hay tantos paralelismos entre Trump y Sánchez, el nuevo Orbán de la UE. En España, la incapacidad de las élites empresariales, mediáticas, académicas y políticas movilizó a los incautos del progresismo cuqui, a los enemigos de la democracia liberal y odiadores de “la derecha”, y sobre todo a los indiferentes a la corrupción, secretos partidarios de esa forma mafiosa de redistribuir beneficios.
Hay precedentes de esta crisis en nuestra historia, y acabaron muy mal. Los intelectuales liberales movilizados a favor de la república y contra la monarquía inepta durante la dictadura de Primo de Rivera -Unamuno, Ortega y Gasset, Clara Campoamor y tantos otros- estaban convencidos de que el cambio de régimen político era esencial para salvar al país del despeñadero, pero resultó que el despeñadero fue la república porque la mayoría del país estaba por distintos tipos de brutalidad política, del estalinismo y el anarquismo a la secesión nacionalista y la imitación del fascismo.
Es absurdo esperar que una democracia funcione con más enemigos que partidarios.
La prioridad nacional es el sentido común
La aparición exitosa de demagogos furiosos, invariablemente ineptos y corruptos, es una severa señal de alarma, el canario en la mina que advierte con su asfixia de la acumulación de grisú. Está demostrado que Sánchez no dimitirá ni por la revelación de casos de corrupción que le conciernen, ni por el daño de sus decisiones al interés general, un concepto que desprecia.
No se va por temor al cerco judicial creciente, cierto, pero más aún porque tiene el control de casi todas las instituciones y de grandes empresas estratégicas, control que le ha resultado insultantemente fácil lograr. No se va porque tiene esperanzas de volver con nuevas trampas, como la regularización masiva de inmigrantes ilegales, y porque espera que las reglas trucadas permanezcan.
Ahora que se ha puesto de moda la expresión “prioridad nacional” no estaría de más reconocer que la prioridad nacional número uno es que la mayoría de la gente se avergüence de soportar la corrupción y asistir pasivamente a la ruina de su país. El sanchismo no acabará con un relevo semejante al propio Sánchez, sino con el fin del caldo de cultivo en el que medra. O sea, cambiando las reglas.