Olatz Barriuso-El Correo
- El presidente fija el marco del 29-N al más puro estilo sanchista: o yo o el caos
Dado que, quien más quien menos, daba por hecha la convocatoria electoral para el 29 de noviembre, lo mollar de la comparecencia de Pedro Sánchez en La Moncloa era el marco con el que el presidente iba a adornar la decisión de adelantar los comicios, esos que, se cansó de repetir, iban a celebrarse en 2027, previa presentación de unos Presupuestos que, para no faltar a la costumbre, no han llegado ni a esbozarse. Pero donde dije digo, digo Diego (Rubio), el influyente director de gabinete que hoy ha acompañado al presidente tras otro fin de semana de suspense ombliguista, y al que se atribuye la estrategia para tapar la desastrosa gestión de la crisis de Ceuta y dar alas al cisne negro del desahucio de Maricarmen.
Así que aquí estamos, con unas elecciones convocadas al calor de las manifestaciones y acampadas por el derecho a la vivienda impulsadas por organizaciones, digamos, de la izquierda alternativa. Nada que ver con el censo real del 29-N, ni con el humor social mayoritario ni con la demoscopia. Todos los sondeos privados contradicen al CIS de Tezanos y pronostican una cómoda mayoría absoluta de PP y Vox. Hoy mismo se publican encuestas que propulsan al bloque de derechas por encima de la barrera de los 200 escaños, gracias al auge de los de Santiago Abascal, que se ‘comen’ más de un millón de votos de los populares alimentándose, sobre todo, del miedo al inmigrante y dejan a los de Alberto Núñez Feijóo apenas superando sus registros de 2023. El panorama para el Partido Popular tampoco es el soñado, por mucho que celebren la convocatoria a los sones del ‘Himno de la Alegría’ de Beethoven.
La extrema derecha crece, tal como calculaba Sánchez, y la partida puede dibujarse así, a priori, como el combate maniqueo entre las fuerzas del bien y las del mal en que tan cómodamente se desenvuelve el presidente del Gobierno. O conmigo o contra mí, o yo o el caos, o la gente o las malvadas élites. Los contendientes de esta batalla, si se hace caso al discurso de Sánchez en las escalinatas de Moncloa, son, por un lado, los campeones del gasto social, referentes de la paz, el feminismo y la prosperidad, y del otro lado, textualmente, los «tiranos», los «genocidas», los «tecnooligarcas», los «especuladores» y las que «compran áticos y privatizan hospitales». Para que le quede claro al votante de a pie que esto no va de Feijóo, ni siquiera de Abascal, sino de Trump, Netanyahu, Elon Musk y, por supuesto, la tirana jefe, Isabel Díaz Ayuso. Ella, muy en su papel, ha aceptado tácitamente el envite al tardar cinco minutos -«que a nadie se le ocurra votar por correo»- en alentar la teoría del pucherazo.
La estrategia es bastante burda y nada novedosa. Es, más bien, Sánchez siendo Sánchez. En estado puro. Ya le salió bien una vez, cuando aprovechó con astucia política los acuerdos autonómicos entre PP y Vox para arañar una mayoría Frankenstein inoperativa en la práctica pero suficiente para mantenerse en el poder. Ahora, sería aventurado decir que busca lo mismo, porque, aunque nada está escrito, la ventaja de sus adversarios parece clara y, además, 54 días son una eternidad en política. El relato puede girar sobre sí mismo varias veces. Los frentes judiciales que le acosan no tendrían, en principio, por qué agravarse: el juicio a su mujer se espera para 2027 y la posible imputación del PSOE, o incluso del propio Sánchez, con la que se lleva meses especulando en los mentideros madrileños, difícilmente irrumpirá en mitad de una campaña electoral. El objetivo no declarado (y posible) podría ser que el PSOE se alzara como primera fuerza el 29-N, aunque no tenga números para seguir gobernando, y así quedar Sánchez legitimado como líder de la izquierda por antonomasia.
Por eso se permite el presidente tutear a España: «Ha llegado el momento de que decidáis…». Él es el líder cercano, el que habla a sus conciudadanos de tú a tú, el último faro de la izquierda global. También es el que acusa al mismo Parlamento que le sustenta, en una interpretación creativa -y peligrosa- de la separación de poderes de «pisotear» los intereses de la «mayoría social» en «beneficio de unos pocos». No es así como funciona el sistema democrático, es al Gobierno al que corresponde dialogar y tender puentes para convencer al Legislativo de la bondad de sus políticas. Pero en la España de 2026 todo eso no cuenta para el relato. Lo que está por ver es si los interpelados, los electores, compran el marco o se rebelan contra la retórica populista que se nos avecina.