Amaia Fano-El Correo
Los sindicatos UGT y CC.OO. han despertado al fin de su letargo y, después de casi dos legislaturas de luna de miel con el Gobierno, mientras la clase media perdía poder adquisitivo y crecía el déficit de pisos en venta y en alquiler, han decidido convocar una huelga general este otoño para reclamar salarios que permitan pagar una vivienda digna.
Cabe maliciar qué hubieran hecho de haber decidido Pedro Sánchez seguir atornillado al cargo y no llamar a las urnas el 29-N. Pero «es ahora o nunca» le dijeron sus asesores en su último fin de semana y reflexión y este decidió encomendar su suerte al viento de cola de la indignación popular por el desahucio de Mari Carmen y la negativa del Parlamento a aprobar los dos decretos ley que se sacó de la manga en 24 horas, para arreglar lo que su gobierno no ha puesto ni la mitad de empeño en ocho años en resolver.
Tras su intervención del lunes, el presidente volvió a comparecer ayer tras volver a presentarlos en el Consejo de Ministros para explicar el contenido de ambos decretos y anunciar una lluvia de 10.000 millones de inversión en vivienda sin disponer de presupuesto aprobado (prometer es gratis).
«Cuando el Congreso da la espalda a lo que se vive en la calle, el Gobierno no puede mirar hacia otro lado», tiró de épica, instando a la Diputación Permanente del Congreso a refrendarlos (un subterfugio legal reservado solo para casos de extraordinaria necesidad) arrogándose una vez más en exclusiva la defensa de los derechos de la mayoría social.
Sin embargo, su tono fue en esta ocasión menos agrio y más pedagógico. Ya no habló de «doblegar a las élites, combatir a los tiranos, a los tecnoligarcas y a los especuladores», sino de aplicar medidas «de humanidad» y «de sentido común». Incluso recalcó varias veces que el asunto de la vivienda «no es una cuestión ideológica» que deba ser abordada desde una lógica de la lucha de clases (esto último lo digo yo). De hecho, se preocupó de distinguir entre el pequeño propietario (la mayoría) y los fondos buitre. ¿La razón? La vivienda es un problema sociológicamente transversal y no es lo mismo el PNV (cuyo nuevo voto a favor de uno de los decretos necesita argumentos para de algún modo justificar) que el Sindicato de Inquilinas.
Frente a quienes le atribuyen la astucia de un gran prestidigitador, a Sánchez se le ve demasiado el cartón. Su jugada de radicalizar el discurso para movilizar a la izquierda e incendiar la calle le presenta más como un trilero mediocre, un mago feria al que se le adivina enseguida el truco y la intención: fortalecer a Vox para debilitar al PP y a ver si así consigue ser la fuerza más votada y fagocitar los exiguos restos del resto de formaciones a su izquierda para sobrevivir políticamente, aunque sea como hegemon de la oposición.
El discurso que pronunció el lunes obedece a esa lógica. O avanzo yo o retrocede España. Pero ¿y si nuestro aprendiz de brujo, nuestro Maquiavelo de bolsillo, nuestro último espécimen de lince ibérico estuviese sobrevalorando el tirón del Sóviet de Sol?
Sánchez ha alcanzado el límite de su expansión por la izquierda y, para lograrlo, ha radicalizado su discurso renunciado al votante de centro. A los que había en el PSOE los ha echado a gorrazos, bajo el estigma de fachas y traidores. Algunos se han ido al PP (incluso a Vox) otros a la abstención. Y esos ya no vuelven, al menos no mientras él siga ahí.