SANTIAGO GONZÁLEZ-El Mundo

Poner en marcha el reloj le llaman a esto, por más que Sánchez se guarde muy mucho de darle cuerda al mecanismo. Casi tres semanas faltan para que el presidente en funciones suba a la tribuna de oradores del Congreso a pronunciar su discurso de investidura. No debe de tenerlo muy pensado a juzgar por las pistas que ha dado Meritxell, su Meritxell. Se sabía que la investidura iba a ser en julio, el día 10, el 17 o el 24, con el fin de que el candidato tenga margen para negociar. ¿Y qué es negociar para un candidato como Pedro Sánchez, si puede saberse? Pues volver a convocar al resto de dirigentes políticos a una nueva reunión con His person en La Moncloa para explicarles cómo son las cosas y repetirles lo necesario que es para España un Gobierno estable, encabezado por él. Ayer por la mañana él y Meritxell estuvieron de acuerdo en esto y según explicó la presidenta del Congreso se trata de «dar unos días más para que el candidato tenga la oportunidad de hablar con los grupos parlamentarios».

Piensan, por lo visto, que a la tercera va la vencida, pero el empeño no parece fácil. El candidato ha designado socio preferente a Unidas Podemos, que de momento está muy terne en la idea de tocar pelo y nombrar ministros en un Gobierno que sea de coalición, al menos tener al marqués de Galapagar en el Consejo de ministras de los viernes. La marquesa consorte tiraba de tuit para decir que Sánchez «busca una investidura fallida, sin negociar nada con nadie para presionar a Ciudadanos». Uno comprende el afán de la pareja podemita. Por muy mal que les vengan dadas, seguirán encabezando a los suyos en el Congreso y ganando su porqué para seguir pagando la hipoteca.

Cuando han pasado casi tres meses desde las elecciones del 28-A, parece una broma que el candidato siga pidiendo tiempo para no entenderse. Tres meses y sin prisa el muy gandul. Se comprende su negativa a incorporar a Pablo a la cuadrilla, y también que Iglesias quiera un cargo de ministro que reconozca su condición de socio preferente y necesario, aunque no suficiente. Estaría dispuesto a incorporar a podemitas a segundos niveles de la administración, pero ni siquiera ha puesto mucho empeño en venderles la burra, decirles, por ejemplo, en qué cargos piensa para ellos y lo bien que lucirían. Uno no pierde la esperanza de verle haciendo troika con Irene y Echenique. Sería una catástrofe, pero muy entretenida.

Mientras, Casado opina que Pedro tiene como último objetivo la repetición de elecciones. Podría ser, pero tampoco es seguro. Él acudirá a entrevistarse con Sánchez cada vez que sea invitado a ello, no como Rivera que dará la espantada en la tercera como la había dado en la segunda. Los dos van a decir que no, lo que se entiende perfectamente, dada la bajísima probabilidad de que el candidato les ofrezca algo a cambio de su voto o de su abstención. En cualquier caso, el presidente de Ciudadanos está muy poco sociable últimamente, y no solo con Pedro Sánchez, ese candidato que va a todas partes con lo puesto. Ha pasado de su veto a Vox a poner reparos al PP, a quien esquiva hasta para rechazar a EH Bildu. En fin.