Pedro J. Ramírez-El Español

Acababa de decir Sánchez en la Moncloa que «en la mayoría social hay insatisfacción» porque «les indigna ver como sus intereses son pisoteados en el Parlamento en beneficio de unos pocos». Caramba.

«Pisoteados en el Parlamento», sí. Como si los diputados se hubieran descalzado en masa para estrujar los deseos de sus electores como los pisaúvas en el lagar.

Y decirlo no había sido fruto de un calentón, sino parte de una declaración solemne, redactada por su gabinete, revisada personalmente y leída ante un ‘telepronter’.

Era el broche justo para la legislatura más estéril y dañina de la democracia. Así disolvía las Cortes el presidente investido por ese mismo Parlamento -al que ahora demonizaba-, mediante la compra de los siete votos de Puigdemont con la moneda de la amnistía.

Ha sido la única factura que Sánchez ha pagado públicamente. Con la chequera de Conde-Pumpido abierta in extremis.

Apenas un par de horas después de esa declaración, en el Salón de los Pasos Perdidos del Senado, el historiador Manuel Lucena intervenía con tranquila brillantez en la jornada sobre la Tradición Jurídica Hispánica, organizada por nuestro periódico al pairo del quinto centenario de la Escuela de Salamanca.

Ajeno por completo a lo que acababa de ocurrir, a lo que acababa de decir el jefe del Gobierno sobre el órgano del que emana su legitimidad, Lucena se refirió a las tres taras que a su juicio han lastrado la mirada de España sobre sí misma: la «fracasología», el «victimismo» y la «pornomiseria».

Y para describir esta última patología como una especie de deleite exhibicionista en cuanto hay de feo y oscuro en una sociedad, utilizó una cita del crítico mejicano Ilan Stavans. Palabras cáusticas que sirven para abrirnos los ojos sobre lo que se nos viene encima de aquí al 29-N:

«Si podemos mostrar lo peor de nosotros mismos… no nos conformemos con enseñar solamente lo malo».

Es el Sánchez que todavía nos falta por ver y desde luego por él no quedará. ¿Qué tal si abrimos boca con la descalificación del Parlamento, con la trampa de los decretos convalidados por la Diputación Permanente, con el indulto al Fiscal General que delinquió para «ganar el relato» o con la primera huelga general de la historia organizada desde el poder contra la oposición?

Tirano a la vista: Sánchez, a por el 13-1

«Ánimo, animal», que diría Aute. «Date a conocer», como le pidió González a Almunia antes de su batacazo del 2000.

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El año pasado por estas fechas, cuando el otoño aún no había dado paso al último invierno de nuestro descontento, hice una cuenta bien sencilla en «El Hormiguero».

Durante el medio siglo que llevamos de democracia, quien ocupaba el puesto de jefe del Gobierno se ha presentado trece veces a unas elecciones generales. En doce de ellas logró mantenerse en la Moncloa. La última, en el 23, a pesar de haber sido derrotado.

Sólo Aznar en 1996, y por los pelos, rompió el maleficio con aquella «amarga victoria». Los otros cambios de gobierno sucedieron cuando el presidente saliente no fue candidato.

Doce a uno. Un marcador de goleada como el del mítico España-Malta del 83.

¿Cómo es posible? Una recurrencia así no puede ser fruto de la casualidad. Tampoco de la singular valía o resiliencia de los instalados en el poder, puesto que todos ellos habían sido previamente denostados por sus carencias como líderes de la oposición.

Ocurre que quien besa desde el poder es que besa de verdad. Con todos los ases en la mano y alguno más en la manga.

Quien gobierna compite con el BOE, las Delegaciones del Gobierno, la Diputación Permanente del Congreso, el CIS o RTVE a su disposición. Amén de esos medios concertados, capaces de titular a toda página «Maricarmen muere desahuciada» o de convertir la errónea negativa del PP a guardar un minuto de silencio por la anciana en percutor de muchas horas de griterío.

Por veinticinco millones en publicidad institucional al año o una licencia de TDT gratis et amore el activismo en pro de los desfavorecidos se hace más atractivo y el fanatismo gubernamental más llevadero.

En este caso la goleada es aún más apabullante y despótica. Veinticinco millones para el grupo del segundo periódico con más lectores, según GFK; doscientos cincuenta mil euros para el grupo del primer periódico con más lectores, según GFK.

Esto habrá que auditarlo y castigarlo cuando haya cambio de gobierno.

Así cualquiera tiene prensa gubernamental, sean cuales sean sus desmanes.

Quien gobierna compite con el BOE, las Delegaciones del Gobierno, la Diputación Permanente del Congreso, el CIS o RTVE a su disposición.

Felipe González ganó las elecciones en el 93 con los casos Juan Guerra, Filesa e Ibercorp sobre la mesa. Con la peseta devaluándose en picado. Y, por supuesto, con los cadáveres a la deriva de los GAL, regresando ya a las playas.

Zapatero repitió en 2008 cuando la crisis financiera que se negaba a mentar roía los talones y los bolsillos de los españoles. Rajoy lo hizo en 2015, habiendo dilapidado su mayoría absoluta tras subir los impuestos que prometió bajar y con uno de cada cinco españoles en el paro.

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El itinerario de las mentiras de Sánchez está en la mente de todos.

Del «no dormiría tranquilo por las noches» con ministros de Podemos al nombramiento de Pablo Iglesias como Vicepresidente.

Del «jamás pactaré con Bildu» al cambalache en Navarra y la excarcelación incesante de etarras.

De «la amnistía no entra en la Constitución» a su concesión para «hacer de la necesidad virtud».

Del «siento vergüenza por los indultos políticos» a preparar el terreno al de su ariete togado contra Ayuso.

Y, por supuesto, del «somos más» -como torniquete frente a la derrota ante Feijoo– a las tres arremetidas de este martes contra un «Congreso que ha dado la espalda» a «la calle», a «la ciudadanía» y a «la gente».

Faltaba el corolario del viernes con esa invocación a que «el Parlamento se parezca más a la calle». Ni que fuera Adolfo Suárez refiriéndose a las Cortes franquistas.

Es obvio, como ha subrayado Ana Núñez Milara, que no se refiere a la calle que se movilizó en masa contra la amnistía o que clamó por doquier en auxilio de Ceuta.

Tal vez quiera decir que le gustaría que los diputados acamparan en el hemiciclo como si fuera Sol. O a que se rodearan a sí mismos con banderas republicanas y gritos de «no son muertes, son asesinatos».

Es la consumación del tránsito que va del oportunismo democrático a la perversión de la autocracia. Se empieza falseando el resultado de las urnas, se continúa planteando la alternativa de gobernar «con» o «sin» el Parlamento y se desemboca situándose contra la expresión de la soberanía popular.

Es la maldición de Lord Acton sobre el carácter corruptor del poder. Amplificada por las facultades de control sobre las personas que la tecnología ha proporcionado al Estado.

Por eso las democracias presidencialistas traen incorporado el antídoto de la limitación de mandatos. Ni Trump, ni Macron, ni Milei en Argentina, ni Modi en la India pueden estar al frente del poder ejecutivo más de dos mandatos.

El problema reside en los regímenes parlamentarios que, como el nuestro, son presidencialistas de facto. González gobernó trece años, estirando el chicle del autoritarismo entre crímenes de Estado y camarillas corruptas, y Sánchez pretende como mínimo emularle.

Algo que en cualquier otra circunstancia sería nefasto pero que, al implicar una huida hacia delante para eludir gravísimas responsabilidades políticas y penales, se convierte en potencialmente letal para el sistema.

El problema reside en los regímenes parlamentarios que, como el nuestro, son presidencialistas de facto.

Por eso yo preconicé aquel «Prohibido perpetuarse en el poder» en la notaría de Pablo Motos. Tenía una leve esperanza de que aquello calara en la sociedad, incluido el propio PSOE. Pero el apoyo de Trancas y Barrancas no ha sido suficiente.

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Sánchez va a por todas. A por el 13 a 1. Aun a costa de que la autocracia derive en tiranía.

Seamos justos con la cronología. Entre 2018 y 2023 fue un gobernante de izquierdas pragmático. Oportunista como tantos. Pactó con aquel a quien necesitaba: le habría dado igual uno que otro, Albert que Pablo. Abusó del decreto ley, del clientelismo y del sectarismo mediático, pero sin saltarse los límites de la costumbre.

Todo cambió desde 2023 y ahora nos amenaza con una nueva metamorfosis. Sánchez no se ha despedido de la legislatura como un demócrata que pierde una votación clave, sino como un caudillo agraviado.

Agraviado por «la máquina del fango» y por los jueces que condenan o imputan a «inocentes» como su hermano, su fiscal, su mujer o su propio partido. Sólo le faltaba descalificar al Parlamento y ya lo ha hecho.

Platón lo anticipó hace veinticinco siglos. En el libro VIII de la República, el tirano no llega al poder como tirano, sino como protector del pueblo frente a los poderosos. Frente a las «élites», como dice Sánchez, poniendo en la picota la meritocracia.

Aristóteles lo resumió después en la «Política»: lo habitual es que los tiranos empiecen siendo demagogos, «conductores del pueblo».

Esto es lo que ocurre ahora. El demagogo no ha completado aún su desarrollo y al tirano tan sólo se le avista. Pero sabemos cómo es su embrión y en que fragua se va forjando.

Es pura deducción lógica que a medida que se acerque el juicio contra su mujer y no digamos cuando se consume la imputación del PSOE como responsable penal de una cloaca dedicada a liquidar opositores, si Sánchez sigue en el poder, elevará la apuesta.

Y sólo podrá hacerlo desmontando el régimen constitucional que garantiza la independencia judicial y la libertad de prensa. Fomentando la quiebra de la paz civil y lanzando a unos españoles contra otros.

La Monarquía, como el resto de las instituciones democráticas, estará en peligro al igual que las libertades individuales. Por primera vez en medio siglo se oye a individuos y familias hablar de marcharse en España si Sánchez logra su propósito.

La inaudita, aberrante e intimidadora primera huelga general «contra la oposición» que los títeres sindicales se han prestado a convocar para ayudar a Sánchez es el mejor síntoma de que hay motivo para la alarma.

La inaudita, aberrante e intimidadora primera huelga general «contra la oposición» que los títeres sindicales se han prestado a convocar para ayudar a Sánchez es el mejor síntoma de que hay motivo para la alarma.

¿Una huelga general preventiva?

¿Una huelga general intimidatoria?

¿Una huelga general contra la prensa que explica que cuanto más se intervenga el alquiler habrá menos pisos y más caros?

¿Una huelga general contra el poder judicial comprometido a aplicar las leyes?

¿Una huelga general contra las fuerzas de seguridad obligadas a preservar el orden público?

Estamos a punto de asistir a ese momento de la tragedia de Shakespeare en el que Marco Antonio, enfurecido, se dice a sí mismo: «Grita: ‘¡devastación!’ y da rienda suelta a los perros de la guerra».

Con la diferencia de que los «perros de la guerra» no perseguirán esta vez a los asesinos de César sino a los diputados que votaron «no» a los decretos de Sánchez sobre vivienda y a quienes compartimos esa postura.

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España necesita todo lo contrario a esa «devastación». Necesita un Gobierno de amplia mayoría, con el PP como eje vertebral, que proporcione estabilidad y sirva de transepto en la catedral de la convivencia.

Sánchez pretende hacer del 29-N un día «constituyente». Es preciso responderle con una gran jornada «constitucional» en el que las urnas se llenen en favor de la continuidad del milagro de la Transición.

A quien aun no sea consciente de que será la votación más importante de nuestras vidas, una jornada a vida o muerte, le invitaría a repasar el capítulo cuatro de la serie británica «Years and years», producida en 2019. Se puede ver en Amazon Prime o Movistar+.

Describe como un gobierno de izquierdas -Sánchez acababa de llegar al poder- da paso en España a una turbulenta revolución de extrema izquierda, que obliga a muchos a huir del país.

Será una distopía sobre un mundo desquiciado, pero hay un detalle que produce escalofríos: la fecha en la que sucede es 2027. Justo cuando tome posesión el nuevo gobierno.

Por eso mi «prohibido perpetuarse en el poder» debe ir hoy enraizado en el recuerdo de lo peor de nuestra Historia. Y acompañado de la «musa del escarmiento», invocada por Azaña cuando ya era demasiado tarde.

Es bien sencillo: debemos conseguir que el 12-1 que campa en el marcador se convierta en un 12-2.

Que el poder pierda, que gane la oposición. El 13-1 acabaría con todo aquello de lo que nos sentimos orgullosos.