Editorial-El Correo

  • La debacle académica de Euskadi, acelerada en los últimos años, exige a los gestores públicos abordar las causas reales, incluida la inmersión lingüística

El descalabro académico detectado por la evaluación de PISA en Euskadi ha encendido todas las alarmas por la profundidad del retroceso y la gravedad con la que ha sacudido los cimientos del sistema educativo. Constatado el fracaso, que pone en riesgo la preparación de toda una generación de jóvenes, toca corregirlo y hacerlo desde un diagnóstico compartido y con el mayor de los ánimos constructivos. La experiencia que llevó al País Vasco a ser no hace tantos años un referente en la educación, a la cabeza de los principales rankings que miden la excelencia, debería servir para avanzar en la búsqueda de soluciones.

Es el momento de analizar a fondo los resultados para abordar las causas reales de un declive que se ha acelerado en tiempo récord. Por eso resulta acertado que la consejera de Política Lingüística haya abierto el melón al señalar a la extensión del modelo D de enseñanza en euskera como uno de los factores de la crisis. Sin tabúes ni prejuicios, es necesario revisar los pilares del sistema para afrontar la recuperación y no demorarla. Y la inmersión lingüística es quizá la clave de bóveda de toda la estructura educativa del país. Solo desde un debate plural, equilibrado y alejado de cualquier pugna partidista se podrá acertar en la búsqueda de un revulsivo. El talento, el valor más requerido por instituciones y empresas, está en peligro: hay que incentivarlo y retenerlo desde la escuela.

A buen seguro que hay razones compartidas con otras comunidades detrás de los pésimos resultados del alumnado de 15 años. Entre ellas, el uso indebido y abuso de pantallas, la distracción dentro del aula o la baja tolerancia a la frustración. Pero eso no explica del todo por qué Euskadi se ha desplomado por debajo de todas las autonomías en conceptos básicos para el aprendizaje como la comprensión lectora. Liderando el gasto por alumno en la red pública, los estudiantes vulnerables siguen sacando malas notas, mientras el rendimiento es aún peor entre los de clases más acomodadas. El evidente desequilibrio entre los resultados y la inversión emplaza a los gestores públicos a determinar con precisión el origen del declive académico y la puesta en común de soluciones certeras. El proceso debería avanzar de la mano de la comunidad educativa, abierto a quienes conocen mejor lo que pasa en el aula: el profesorado, una de las profesiones más vocacionales de nuestra sociedad. Escucharle sería un buen ejercicio para completar la evaluación de PISA