Antonio Rivera-El Correo

  • Hay una tensión que vive hoy el mundo conservador con las aplicaciones prácticas de la fe religiosa

Tras la Segunda Guerra Mundial, el conservadurismo se reconstruyó a partir de una síntesis entre liberalismo y humanismo cristiano. La primera parte del par había dominado ese mundo en el siglo XIX y la segunda emergió con la sociedad de masas al inicio del XX. La doctrina social de la Iglesia (León XIII y la Rerum Novarum, 1891) quiso corregir los errores del primigenio liberalismo y la democracia cristiana encauzó la inquietud política de los creyentes. En España, con dos dictaduras nacionalcatólicas, el esquema no funcionó igual, pero con la democracia los partidos de derechas acudieron a él recurrentemente.

Ello no evitó los problemas. Desde la ‘revolución conservadora’ de los ochenta (Thatcher, Reagan, Juan Pablo II) y el final del capitalismo renano (la economía social de mercado) en favor de su versión más voraz, el humanismo cristiano declinó frente a su par liberal, otra vez desbocado (el llamado neoliberalismo). Los partidos conservadores manejan con dificultad dos orígenes ideológicos contradictorios y las derechas extremas, si proceden del tronco ultraliberal, directamente se ciscan en eso del humanismo. La religión aparece como marca cultural frente al otro (musulmán, sobre todo) más que como guion moral, tanto privado como público. Si el Papa condena la guerra y la agresión militar o la Iglesia apoya la regularización de inmigrantes, regresa la tensión entre esa raíz cristiana que repara en el débil y la ilusión de una sociedad regida por los más capaces y adaptados. Otra vez, la exhibición sacrílega o insultante del rey de las Américas no es anecdótica, sino que expresa exageradamente la tensión que vive hoy el mundo conservador con las aplicaciones prácticas de la fe religiosa.

Superada la experiencia de Tarancón, cuando la Iglesia hizo su transición democrática un lustro antes de que lo hicieran la sociedad y la política españolas, las aguas volvieron a su cauce en los ochenta, enfrentando en batallas culturales (divorcio, aborto, escuela) el nuevo país que construían los socialistas. Ser católico y conservador volvió a ser lo más común, como lo es hoy. Pero la exageración característica de la nueva derecha extrema y del conservadurismo radicalizado (nativismo, sectarismo, exclusión, aporofobia, clasismo, agresividad) vuelven a tensar las costuras y amenazan con que la visita de Su Santidad sea mejor acogida entre alguna izquierda que entre alguna derecha. Entre que la religión se banaliza en circuitos pop, que se defiende o rechaza como pauta moral según sople el viento, que se blande sobre todo como identidad cultural frente a otros o que se vacía de contenido al obviar el respeto a la persona y, sobre todo, a los humildes que enseñó la doctrina cristiana, su funcionalidad para dividir a izquierdas y a derechas, siendo todavía útil, puede volver a recular.

Una manera agresiva e insultante de hacer y entender la política, una defensa desprejuiciada del éxito social, un rechazo de los más necesitados, culpabilizados de su condición, y un concepto utilitario de la religión pueden llevar a dudar al santo padre de la naturaleza de su rebaño, como ya ocurre del revés en algunos ambientes.