Un país extraviado

ABC 21/04/16
LUIS VENTOSO

· En España se admiten como normales cosas que en absoluto lo son

SI un estudiante coreano me preguntase qué fue ETA, se lo resumiría así: fue una organización terrorista que intentó independizar al País Vasco de España con una campaña brutal e indiscriminada de asesinatos y secuestros que duró cuarenta años, destinada a desmoralizar a los españoles y lograr que el Estado cediese ante el separatismo. Si el estudiante me preguntase cómo acabó aquello, entonces le contaría que ETA fue derrotada policialmente por la democracia española, por tres motivos: por la firmeza y unión contra ella de la sociedad y los partidos constitucionalistas; por la visión de Aznar y Garzón, que cercenaron su aparato civil y financiero, y porque tras el inimaginable atentado del 11-S, el terrorismo perdió todo atisbo de justificación y se quedó sin santuarios en Occidente (léase aquí Francia).

Si el coreano quisiese saber quién es Otegi, también se lo diría: un terrorista de ETA, al servicio de sus designios hasta el final, y que cuando vieron que estaban siendo derrotados, contribuyó a blanquear a la banda para lograr su pervivencia en política. Según los jueces, Otegi forma parte del conglomerado que provocó los mayores pesares sufridos por los españoles desde la Guerra Civil.

Pero hoy España es un país que no se respeta. Por eso un periodista televisivo hábil, que trabaja en un

holding de capital conservador, ideología variable y medallas del singular ministro Fernández, se permite la barbaridad de entrevistar amablemente a Otegi. ¿Objetivo? Ganar audiencia y dinero a costa de lo que sea, incluso de dar oxígeno con entrevistas de cámara a los que fueron durante décadas nuestro mayor cáncer y cuya violencia a sangre fría todavía lloran más de mil familias.

España es ese país donde en su segunda mayor ciudad, Barcelona, se ha prohibido instalar una pantalla en la calle para ver los partidos de la selección en la Eurocopa (por supuesto, si fuese para animar a Islas Feroe, se tolerarían pantallas, botellón, vuvuzelas y majorettes). España es el triste país donde en alguno de sus territorios se está prohibiendo de hecho la propia idea de España. A ese proyecto totalitario atiende que se eliminen los toros por decreto, o que se multe por rotular en español, siendo el idioma más hablado.

España es la singular democracia donde un partido gana las elecciones y no se le otorga más legitimidad que a la bisagra que ha quedado de cuarta, o al comunista que ha quedado de tercero. En esta España sin brújula, de retorno al esperpento, gobierna Cádiz por cortesía de Sánchez un antisistema que no ganó las elecciones y festeja su izquierdismo recibiendo con alfombra roja al líder de Gibraltar, una de las mayores lavadoras de dinero turbio del orbe. España es el país donde un periódico de su capital abronca al Gobierno en sus editoriales por hacer cumplir la ley en Cataluña y le exige cesiones –¿cuáles?– ante los que unilateralmente han iniciado un proceso sedicioso. España es el país donde se filtran los datos fiscales de los contribuyentes –un delito– y aquí no pasa na, o donde la banca pagó chantajes mafiosos durante años sin decir ni pío.

España va de cráneo si no recupera un poco de sentido común, autoestima y autorespeto.