Un presidente atrapado entre dos fantasmas

LUCÍA MÉNDEZ – EL MUNDO – 04/10/15

· Mariano Rajoy, que parece dispuesto a estirar su liderazgo hasta la jubilación, ha visto cómo el pasado, encarnado por José María Aznar, califica de «quinto aviso» la derrota de las catalanas frente a Albert Rivera.

Este mes de septiembre se han cumplido doce años de la escena en la que José María Aznar pidió a la Junta Directiva del PP que apoyara como su sucesor a Mariano Rajoy. Con estas palabras: «Desde hoy, el líder del PP se llama Rajoy. Ha llegado el momento de que todos nos pongamos detrás de Mariano Rajoy. Yo el primero». Los protagonistas de aquel tiempo antiguo siguen siéndolo hoy en este tiempo nuevo. Aznar ya no está detrás de su sucesor, sino enfrente. El derrotado Rato se encuentra a un paso de la cárcel. Y Mariano Rajoy, el resistente, sigue en La Moncloa, dispuesto a protagonizar su última y gran gesta de supervivencia.

El presidente del PP es un hombre atrapado en el tiempo y dispuesto a estirar su liderazgo hasta la edad de jubilación. Después de la derrota de su partido en las elecciones catalanas, Rajoy se ha sido visto emparedado entre el pasado, Aznar, y el futuro, Albert Rivera. La voz de ultratumba ha calificado la derrota del PP en las catalanas como «el quinto aviso». Título que podría ser de novela apocalíptica cuyo capítulo final se escribirá en diciembre y será el esperado en una novela de estas características. La hecatombe. «Esto durará tres o cuatro días y en paz», dijo Rajoy el día que Aznar volvió a llamar a la puerta. Se equivocó. Duró menos. Cada día son más perecederos los ecos de las admoniciones del ex presidente. El PP se ha acostumbrado ya a tener ahí en la retaguardia a un espíritu familiar dedicado a la práctica improductiva del desahogo. Si desapareciera y nunca dijera nada, le echarían de menos. En realidad, Aznar tampoco pretende nada más que exclamar «yo ya lo dije», si es que finalmente llega el apocalipsis del PP antes de fin de año.

Ya tenemos fecha para la llegada del posible «sexto aviso» que será el definitivo. Tras una temporada jugando al despiste según su costumbre, el presidente del Gobierno ha decidido cuando será esta cita suya con la Historia. El 20 de diciembre es un día algo extravagante para ir a votar y cualquiera sabe que Rajoy ha asumido un riesgo poniendo las papeletas al lado de los árboles de Navidad de los colegios electorales. Ha ido estirando y estirando la legislatura hasta que no le quedaba más cuerda. Sus colaboradores y su alicaído partido llevan tiempo especulando sobre los sentimientos de los españoles en época navideña y sus consecuencias anímicas a la hora de depositar el voto. La conclusión es que nadie lo tiene claro.

Nadie, salvo Rajoy. Él lo ve claro casi todo, aplicando la filosofía de «un vaso es un vaso y un plato es un plato». En las redes sociales –a las que el presidente concede una importancia muy relativa– este tipo de frases suelen ser tomadas a pitorreo. Pero en realidad son toda una filosofía de vida. La suya. Una regla de tres inmutable, por la cual el presidente del Gobierno cree que su lógica es la lógica de la mayoría de los ciudadanos, que el día 20 apostarán por un vaso de verdad y no por un vaso deconstruido ni por un plato hecho de burbujas.

Una burbuja muy mona y chispeante, eso cree Rajoy que es Ciudadanos. En estos días se han abatido sobre él un sinfín de opiniones, análisis, cálculos electorales y opiniones de los suyos advirtiéndole sobre el peligro que supone Albert Rivera para el PP, después de su triunfo en las elecciones catalanas. Pero por mucho que se esfuerce –y lo hace o por lo menos lo aparenta– no consigue vislumbrar este peligro por ningún lado.

Él aplica su lógica: «Yo soy un valor seguro y este muchacho es etéreo y volátil». A nadie se le ocurriría despreciar a un valor seguro, garantizado por Standard & Poor’s, para invertir en un valor etéreo, garantizado sólo por un físico agradable y bonitas palabras que se lleva el viento. Esto le resulta tan evidente como que la silla en la que está sentado es una silla. Tan de sentido común que nadie puede decir que la silla es una bicicleta. Basta mirar para ver la realidad de las cosas. En momentos de incertidumbre lo que la gente quiere son certezas. Bien lo sabe él porque la gente se lo dice cuando sale a la calle. Ahora se arrepiente de haber estado encerrado tanto tiempo en La Moncloa. Otro gallo cantaría si se hubiera dejado ver más a la luz del día. Aunque eso ya no tiene remedio.

Rajoy recuerda a menudo a sus interlocutores que UPyD llegó a tener en algunas encuestas hasta 30 diputados en el Congreso. Y no dice más porque con eso ya lo ha dicho todo. Está sorprendido del triunfalismo que exhibe Albert Rivera. Mientras que en algunas casas importantes del PP se ve al líder de Ciudadanos con el aspecto que debería tener el nuevo líder del centro-derecha español, él no lo cree en absoluto. Y si ha llenado la cúpula del partido con dirigentes que se parecen a Albert Rivera es sólo porque le dijeron que en el mundo de hoy en día no se puede abandonar la telegenia. Hasta esta percepción tan extendida le resulta dudosa porque él nunca ha tenido telegenia y ganó por mayoría absoluta. Anda que no es difícil abrirse camino en la alta política. Que se lo digan a él. Estos muchachos quieren correr mucho. Para Rajoy, los contrincantes que le quieren disputar las elecciones del 20-D son un ramillete de jóvenes aventureros que se creen que la vida es fácil y que el Himalaya se conquista a la primera. A la tercera ganó él las elecciones. Sólo Zapatero consiguió la gesta a la primera y eso fue por lo que fue.

Rajoy está dispuesto a aceptar matices y a que los vasos y los platos se puedan pintar de diferentes colores. Pero lo inmutable no puede cambiar. Y así piensa él que pensarán los españoles a la hora de ir a votar cuatro días antes de la Navidad de 2015.

LUCÍA MÉNDEZ – EL MUNDO – 04/10/15