Agustín Valladolid-Vozpópuli
- El de Sánchez ya es un proyecto fallido, resultado de una utilización sesgada de los recursos que ha desatendido las inversiones electoralmente no productivas
En España inteligible (Alianza Editorial, 1985), y en referencia a lo que vivió nuestro país en el último tercio del siglo XIX, Julián Marías escribe: “En España no se dice lo que pasa, sino que pasa lo que se dice”. Ni siquiera en esto somos originales. El miércoles, en la sesión de control al Gobierno, Pedro Sánchez volvió a repetir la gastada letanía de un país que es la envidia del entero universo. Lo que probablemente no esperaba es que una de sus antiguas comanditarias, la diputada de Junts Miriam Nogueras, lo bajara de la peana con un golpe a mano abierta.
Fueron apenas unos minutos, pero fueron memorables. Una sintética y a la vez exacta descripción de un fiasco a priori insospechado: el de un gobierno que se dice progresista y que ha fracasado en donde no podía fracasar; el de una política cuyo más visible resultado, como parece haber descubierto ahora Nogueras, es una sociedad más pobre y polarizada.
Como era previsible, a la portavoz de Carles Puigdemont en Madrid no se le pasó por la cabeza aprovechar la oportunidad para hacer un acto público de contrición en tanto que copartícipe fundamental de esa política. En todo caso, tal complicidad no le resta valor político al dictamen: “Son ustedes una máquina de fabricar pobres, y se han convertido en la autopista por la que avanza la extrema derecha”. Matizable, sí, pero a la vez irrebatible.
Le recordó Nogueras al presidente del Gobierno algo que desgraciadamente ya no admite discusión: en España, trabajar no es sinónimo de vivir bien. “¿Vale la pena trabajar, señor Sánchez? Le pregunto porque ustedes celebran como un gran éxito que cada vez haya más personas que dependen de una ayuda pública para sobrevivir, que cada día haya más trabajadores, pero más pobres”. Veamos.
Ocupados que trabajan cero horas semanales
¿Son más pobres que hace ocho años los trabajadores españoles? Y antes que eso: ¿Son reales los datos oficiales de empleo? Diversos economistas no alineados lo ponen en duda y aportan datos. El último que ha buceado en la letra pequeña de la EPA y del INE es José Ramón Riera. Su conclusión es más que chocante: hay 2,13 millones de personas que la estadística contabiliza como ocupados y trabajan 0 horas semanales.
Añadamos a lo anterior que los fijos discontinuos, cuya cifra sigue ocultando Yolanda Díaz, son alrededor de 700.000. Conclusión: el paro real no sería del 9,87% sino mucho más elevado: el 17,4%. Y las personas que de verdad tienen un trabajo aceptable, de entre 30 y 39 horas semanales, según los cálculos de Riera, apenas superan los 16 millones. Es decir, hay 6,7 millones de empleos precarios o directamente inexistentes.
Vayamos con la pobreza. Aquí hay aún más consenso entre los expertos. Mucho presumir de PIB, pero en los últimos siete años, y en términos reales, la renta per cápita española se ha estancado. Seguimos sin acercarnos a la de los países europeos más ricos y nos han pasado por la izquierda algunos de los que hasta no hace mucho eran claramente más pobres que nosotros. España es la cuarta economía de la UE, pero en renta caemos al puesto 15, ocho puntos por debajo de la media de los 27.
En cambio, la inflación sí está sobradamente por encima de la media de los países de la eurozona, y es la más alta de las grandes economías. Si a esta variable le sumamos el disparatado encarecimiento de la vivienda, fruto de una política ilusoria y socialmente nociva, entenderemos mejor por qué el impacto en las clases medias, y no digamos ya en las menos favorecidas, está siendo brutal. Echen un vistazo a los informes de Cáritas (la exclusión severa afecta a 4,3 millones de personas) y comprobarán en qué ha quedado aquella fraternal promesa de no dejar a nadie atrás.
Un proyecto fallido
Lo paradójico, e imperdonable, es que todo esto, y alguna cosa más (unas infraestructuras que sufren un palmario déficit de mantenimiento, y además insuficientes para una población de 50 millones de habitantes que recibe anualmente a 100 millones de turistas, como señalaba en este periódico José Luis Feito), ocurre a pesar de haber sido nuestro país el segundo receptor de fondos europeos, de condiciones financieras ventajosas en los mercados y un crecimiento récord de los ingresos públicos vía impuestos, que han pasado de un 39 a un 43% del PIB.
Del fracaso de la Educación, con un descenso del rendimiento de los alumnos españoles en ciencia, matemáticas y lectura que duplica el de la media de la OCDE, o del deterioro de la Sanidad, problemas ambos que, de acuerdo, interpelan a las autonomías, pero de los que la Administración General del Estado parece haberse desentendido -quizá para tomar distancia, o para usar las dificultades por las que atraviesan los gobiernos regionales como punta de lanza electoral-, mejor hablamos otro día.
No es verdad que nada funcione, pero sí que casi todo lo esencial funciona peor. Hay factores exógenos: guerras convencionales, comerciales, híbridas, pandemias, desastres naturales… Pero sobre todo es el resultado de una utilización políticamente sesgada de los recursos para consolidar el voto cautivo, abandonando las inversiones electoralmente no productivas. Una apuesta de partido, no de país.
Es el triste balance de un proyecto -ni siquiera merece tal nombre- fallido. Un monumental gatillazo, parecido al que describe en su libro Julián Marías tras leer las actas de las Cortes Constituyentes de 1869: “Allí podía decirse cualquier cosa, con tal de que no tuviera sentido ni contacto con la realidad”.
La cita del sábado: El reparto del turrón
“La renta básica universal es una invitación a bajar los brazos y abandonar la lucha por la dignidad de los seres humanos. La inmensa mayoría quiere vivir de sus conocimientos y de su trabajo, y no de la limosna o del presupuesto, porque una vez recluido en la trampa del presupuesto pierdes toda la autonomía, ya que el ‘reparto del turrón’ -como decían los políticos de la Restauración en España- estaría en manos de las élites y no de la ciudadanía”. Cándido Méndez. Por una nueva conciencia social (Deusto).