Carlos Souto-Vozpópuli
- Sánchez ha convertido hasta el chiringuito en artículo de lujo
Por peculiaridades de mi actividad, puedo estar más ocupado en verano que en invierno y me tomo las vacaciones cuando puedo. Este verano resultó para mí todo un invierno en Sudamérica: se sumó de pronto un inconveniente técnico, mi salud. El servicio técnico fue un quirófano. Todo salió bien, pero regresé cuando mis amigos ya habían vuelto de la playa, con la piel tostada, el bolsillo pálido y una historia parecida.
Como había faltado al verano español, esta vez escuché atentamente sus relatos y quejas. Algunas fueron las de siempre: mucho calor y una paella junto al mar más cara que en Cuenca. Sin embargo, otras no me sonaron iguales. Mi abogado y amigo David Barcia, oriundo de Pontevedra y habilitado profesionalmente para detectar problemas detrás de las apariencias, volvió de Benidorm con una prueba elocuente: durante los primeros veinte días de agosto pudo ir al restaurante que quiso sin reservar. Según él, hacía años que eso no ocurría.
Me picó la curiosidad y amplié la investigación con el rigor metodológico de quien llama a colegas y pregunta adónde viajaron y dónde comieron. En varios destinos vieron lo mismo: mesas disponibles, tickets medios más bajos y una tapa para cuatro más un plato; en los supermercados, manadas de turistas cargando tortillas, fiambre, pan de molde y agua. La imagen se repite: hoteles llenos, restaurantes con huecos y supermercados rebosantes. El turista está, pero ha desaparecido de sus propias vacaciones.
Adiós restaurante, hola súper
Los datos de julio lo sugieren. Las pernoctaciones hoteleras crecieron apenas un 0,3%, mientras los precios subieron un 5,9% y la tarifa media alcanzó 156,92 euros, un 6,8% más. También se redujo la estancia media. No se ha derrumbado el turismo: el alojamiento se ha comido las vacaciones. Una habitación media puede costar doscientos euros por noche. Para una familia, una semana exige una pequeña ampliación de hipoteca. Después llegan combustible, aparcamiento, sombrillas y ese impuesto no legislado según el cual cualquier cosa servida cerca del mar vale el doble. Entonces aparece Mercadona como el gran resort nacional: aire acondicionado, aparcamiento y bufé libre sin camarero.
En mi investigación casera también surgió una paradoja magnífica: el restaurante «más o menos» se ha vuelto caro y el «bueno», por comparación, parece barato. En uno se pagan cien euros y en el otro, ciento cuarenta. Es poca la diferencia; el problema es que ambas opciones dejaron de ser familiares. La clase media oscila entre el supermercado, alguna visita al «más o menos» y, el resto de los días, ayuno intermitente.
En Alicante, los hosteleros calculan caídas de hasta el 20%, dice la Ser; en Benidorm, entre el 7% y el 8%, aunque las terrazas se llenen. «La gente está tiesa», resumió su presidente con una precisión que difícilmente mejorará el próximo informe del Gobierno. Se culpa al calor, pero España ya tenía verano antes de Pedro Sánchez. La novedad no es el sol: es la factura. El hostelero paga alimentos cada vez más caros, energía prohibitiva, alquileres en ascenso, salarios cuyo coste nunca llega íntegro al trabajador, impuestos alocados, tasas insólitas, seguros y una burocracia que crece mejor que cualquier planta mediterránea. El Estado no es el quinto comensal: es el primero que se sienta, el último que se marcha y el único que jamás propone dividir la cuenta.
Paga más y consume menos
El empresario cobra más porque paga más; el trabajador gana más nominalmente, pero compra menos; y el turista paga más para consumir menos. Sánchez ha convertido hasta el chiringuito en artículo de lujo. Su Gobierno mide el bienestar contando turistas y euros nominales: una ventaja cuando cada turista permanece menos y cada euro vale menos. Después publica otra cifra récord y debemos aplaudir con una mano, porque con la otra sostenemos la nevera portátil. También han cambiado detalles pequeños, pero enormes: las cocinas abren a determinada hora y cierran a las tres y media. En una potencia turística cada vez resulta más difícil servir y más difícil pagar.
El Mediterráneo español parece haberse quedado sin término medio. Están quienes llegan en yate y quienes llegan en patera, que no son precisamente turistas. Entre ambos quedó la familia española que llegaba en utilitario, alquilaba un apartamento, comía fuera algunas noches y volvía con arena en el coche y ninguna deuda nueva. Ahora contrata la media pensión en el pasillo de refrigerados. O ya no llega.
España puede batir récords de visitantes y expulsar a los españoles de sus propias vacaciones. La macroeconomía cuenta cuerpos; la economía real, platos. Una celebra ocupaciones; la otra ve mesas vacías. Una presume del gasto agregado; la otra sabe que una familia puede pagar más gastando menos. Yo me perdí el verano español por un inconveniente de salud. El mío fue, posiblemente, uno de los pocos problemas que puede sufrir hoy un español de clase media sin que Pedro Sánchez tenga la culpa.