FERNANDO SAVATER-EL PAÍS

  • Cada año, desde hace 20, nos reunimos en Andoain en recuerdo del vilmente asesinado Joseba Pagaza

Veinte años después es el título de la estupenda continuación de Los tres mosqueteros. Pese al tiempo transcurrido, D’Artagnan y sus compañeros se encuentran todavía en una forma envidiable y son capaces de descubrir intrigas cardenalicias (ahora no de Richelieu sino de Mazarino) y de luchar a favor del desventurado rey inglés Carlos, aunque no logren salvarle de su fatal destino. Nosotros, los que mañana nos reuniremos en Andoain en recuerdo del vilmente asesinado Joseba Pagaza hace 20 años, no podemos ufanarnos de tanta gallardía como los mosqueteros, pero al menos no nos rendimos: por mucho que insistan los propagandistas del falso triunfalismo, no creemos que el partido político de los asesinos haya sido derrotado, al contrario, vemos que ha obtenido un peso político en el País Vasco y en España mayor que nunca. Y eso gracias a haber matado, a haber vendido luego ventajosamente la renuncia a los crímenes, y hoy a alardear de virtudes democráticas de izquierda auténtica, es decir, fingidas. Todo con el apoyo político y mediático de la peste porcina moral que abunda en este país. Ya saben, los manifestantes de Cibeles son trumpistas, pero Otegi y compañía son gente de paz. Los viejos mosqueteros no podemos vencer siendo tres o cuatro, es imprescindible convencer a muchos más de que la batalla antietarra continúa y que solo la perderemos definitivamente si hacemos caso a los que dicen que ya ha acabado.

A lo largo de dos décadas nos hemos reunido en la plaza de Andoain, en torno a La casa de Joseba, la obra de Agustín Ibarrola. Hemos dicho palabras de ira, de consuelo, de ánimo, de pasión cívica. Año tras año hemos escuchado Adiós a las penas de abril, la hermosa canción pirata de Suburbano que tanto gustaba a nuestro compañero asesinado. Casi siempre llovió, llueve, lloverá en Andoain. ¿Y el sol, el sol?