Carlos Souto-Vozpópuli
- Cada vez que el Gobierno empieza a hundirse, aparece el Partido Popular para tirarle un salvavidas
“Riesgo de contagio”
Las batallas son apenas capítulos de algo mucho más complicado: la guerra. Algunas han quedado en la historia independientemente incluso del conflicto del que formaban parte. Waterloo es una de ellas. Waterloo ya no es solamente una batalla: es un sinónimo de derrota. Y eso es extraordinario, porque en todas las batallas alguien gana. Pero hay derrotas tan monumentales que terminan secuestrando para siempre el nombre del lugar donde ocurrieron.
Lo traigo a colación porque, según Junts, allí deberían terminar los esfuerzos de Alberto Núñez Feijóo por sacar adelante una moción de censura contra Pedro Sánchez. El problema ya no es la moción de censura, desde ya y a todas luces una propuesta táctica absurda como para sostenerla con el entusiasmo con que la mantiene el PP. El Partido Popular parece haberse convertido en una máquina de fabricar oxígeno político para el PSOE. Y además lo hace con una constancia verdaderamente admirable. Uno ya no entiende nada. De verdad. Salgamos del error, por favor. Cada vez que el Gobierno entra en problemas, aparece el PP para rescatarlo emocionalmente. Cada vez que Sánchez queda acorralado, Feijóo aparece diciendo algo que desvía completamente la conversación hacia una dimensión desconocida.
Con cada nuevo episodio de la innegable corrupción sanchista, los azules creen que ha llegado el momento mágico. Anuncian tantas veces el final que, como en la historia del lobo y las ovejas, ya no hay manera de creerles. Por ejemplo: la justicia entra en Ferraz. España habla de corrupción, de degradación institucional. El país entero mira hacia el PSOE. Y en ese contexto aparece Feijóo frente a las cámaras y escupe unas declaraciones que tuve que escuchar varias veces para confirmar que, efectivamente, estaba despierto y no había mezclado accidentalmente un discurso político con el prospecto de un medicamento antiviral.
Porque el líder de la oposición decidió explicar que el problema ya no era solamente del PSOE. No. Que había “riesgo de contagio”. Riesgo de contagio. Y además añadió que “no queda más remedio” que darle voz a los españoles. No queda más remedio. Todo SIC. Así, de corrido. A ver, sinceramente: ¿qué significa eso? Hablen con él, por favor. Háganlo entrar en razón. Porque si insiste con esta línea discursiva, el PSOE va a terminar comprando mascarillas otra vez y eso no nos conviene absolutamente nada a los españoles. Alguien debería acercarse a Génova y preguntar qué está pasando ahí dentro. Porque esto ya no es moderación. Tampoco prudencia. Mucho menos estrategia política válida.
Andalucía, el gran aviso ignorado
Y mientras tanto, Sánchez feliz. Naturalmente feliz. ¿Cómo no va a estarlo? Si cada vez que el Gobierno empieza a hundirse, aparece el Partido Popular para tirarle un salvavidas. Feijóo ya no parece actuar como adversario político, sino como un mecanismo de contención emocional para el sanchismo. Y lo más extraordinario es que, al parecer, todavía hay dirigentes populares que creen que todo esto funciona. Andalucía debería haber sido una alarma gigantesca. Pero no. Perdieron la mayoría absoluta y aun así salieron a celebrarlo como si Wellington hubiera entrado en París a caballo.
La política española empieza a adquirir algo de comedia absurda. Porque Sánchez al menos tiene una lógica. Gustará o no gustará, pero tiene una lógica de supervivencia, de poder, de ocupación institucional y de resistencia. Uno entiende perfectamente lo que intenta hacer. Con el Partido Popular ya no ocurre eso. Feijóo transmite la sensación permanente de un hombre que entra torcido a todas las conversaciones. Como si España estuviera discutiendo una cosa y él hablara de otra completamente distinta. Mientras media España pide liderazgo político, él ofrece reflexiones sobre defensa europea, rearme continental o contagios institucionales. A este paso va a terminar proponiendo distancia social entre votantes constitucionalistas.
Y mientras tanto, los españoles moderados, los que no quieren ni el delirio populista ni la resignación socialista, empiezan a mirar alrededor buscando desesperadamente algún liderazgo reconocible. Porque Sánchez tiene un problema evidente. Pero España ya no puede negar que Feijóo también. Y quizá ahí esté el verdadero Waterloo del Partido Popular. No en Bélgica, sino en Génova.