Estragos sucesorios

ABC 23/04/15
ISABEL SAN SEBASTIÁN

· Varias hileras de dientes se afilan para morder, empezando por los más cercanos… Si yo fuera Núñez Feijóo me guardaría las espaldas

LA democracia española no ha encontrado todavía el modo de resolver de manera incruenta el doloroso trance de la sucesión en el puente de mando de un partido político, siempre jalonado de puñalada sea cual sea el color de las siglas. La experiencia histórica demuestra que cada nuevo líder patrio ha dejado tras de sí un reguero sanguinolento de cadáveres afines, aunque estos tiempos decadentes, en los que el poder se ha convertido para muchos en un oscuro fin en sí mismo, han colocado el listón del navajazo en un punto jamás alcanzado antes. Resumiendo: todo vale. Incluido el tiro en el pie o la pedrada en el ojo propio, si con ella se consigue cegar al rival en la pugna. No hay reglas en este juego. Honor es una palabra carente aquí de sentido.

Es preciso comprender esta premisa para analizar correctamente lo que está aconteciendo en el escenario, donde hace apenas un mes, a raíz de las elecciones andaluzas, la secretaria general, Dolores de Cospedal (cuyo marido ha sido investigado por el CNI), sufrió una dura ofensiva de fuego amigo culpándola del desastre, a pesar de no haber sido ella la responsable de la campaña ni tampoco la madrina del candidato escogido. Algunas personas a su alrededor vieron la mano de gentes que nunca se han enfrentado al escrutinio de las urnas y que hubieran querido liquidarla de este modo en la carrera que ha empezado, antes de que una eventual reválida de su mayoría absoluta le proporcione una fortaleza que la convierta en rival peligrosa.

En el mismo contexto sucesorio se sitúan las escaramuzas vividas en el PP Madrid, donde Ignacio González fue defenestrado sin contemplaciones de la candidatura autonómica en un intento evidente de erosionar a Esperanza Aguirre, e idéntico trasfondo es el que arroja luz igualmente sobre la crueldad inusitada desplegada contra Rodrigo Rato; las filtraciones interesadas, las prisas por someterlo a este «paseo» mediático tan tremendamente letal a estas alturas del calendario, el puenteo de la Fiscalía Anticorrupción y el recurso in extremis a un fiscal de Madrid encargado de precipitar una detención prematura que pilló a las televisiones haciendo casualmente guardia a las puertas de su casa.

¿A quién beneficia este penúltimo escándalo en semejante momento? Al PP en su conjunto, no, desde luego. En los municipios y comunidades gobernados por la gaviota, que se examinan dentro de cuatro semanas, el desconcierto es total. La andanada ha venido desde dentro y constituye un misil en la línea de flotación de sus posibilidades electorales, pero, aunque sólo sea por una cuestión generacional, salpica igualmente de lleno al propio Mariano Rajoy, compañero de «cuaderno azul» del propio Rato. ¿Quién ha escrito este guión endiablado? –se preguntan muchos–. ¿Adónde conduce esta trama?

Rajoy tiene los días contados. Tal vez incluso más contados de lo que él mismo quiere creer o de lo que es capaz de ver, obsesionado como está con los marcadores económicos que le impiden la visión de un bosque llamado España y un partido que está a punto de entrar en descomposición. Su cabeza, coronada con las espinas de la responsabilidad política, bien podría ser el tributo de limpieza exigido por Ciudadanos a cambio de un apoyo ineludible, siguiendo la pauta marcada en Andalucía con Chaves y Griñán. En su círculo de pretorianos más de uno pretende convencerle de que es posible saldar en la convocatoria de mayo la enorme deuda contraída con su electorado por la combinación perversa de corrupción y desengaños, y así dejar el marcador a cero con vistas a las generales, pero más de uno le intenta engañar o se engaña.

Los tiburones de esta charca han olfateado sangre. Varias hileras de dientes se afilan para morder, empezando por los más cercanos… Si yo fuera Núñez Feijóo me guardaría las espaldas.