Ignacio Camacho-ABC

  • Descontado el batacazo castellano, está en juego el equilibrio del pacto. La estabilidad del resto del mandato

Toda coalición de gobierno sufre tensiones internas pero sólo importan las que repercuten en las urnas, y el escándalo de la carne es una de ellas. Por eso Sánchez ha cambiado de táctica y pretende asar a Garzón como una chuleta para que se la coman las fieras que rugen a su puerta. Parece poco probable que llegue a destituirlo ni a conminar a Podemos para que entregue su cabeza porque eso abriría en el Gabinete un ‘casus belli’ de imponderables consecuencias; sólo intenta desviar hacia sus socios la factura electoral de la lógica irritación ganadera. La maniobra la inició él mismo el lunes al «lamentar» las declaraciones en una entrevista, al tiempo que el ministro de Agricultura y Alimentación cuestionaba la idoneidad de su colega de Consumo con unos segundos de elocuente, aplastante silencio ante la pregunta directa de Carlos Alsina. A partir de ahí una pléyade de dirigentes sanchistas se ha sumado a una ofensiva cuyo segundo objetivo es desplazar la responsabilidad final de la crisis sobre Yolanda Díaz, presionada a su vez en sentido contrario desde sus propias filas. La operación apenas aspira ya a limitar los daños entre los más irreductibles votantes socialistas, y sólo fuera de Castilla y León, que a estas alturas está irremisiblemente perdida.

Será difícil, sin embargo, que el presidente logre disociarse de un enredo abierto por un miembro de su Gobierno. La oposición trata de apretar las tuercas obligando al PSOE a pronunciarse en el Congreso, los parlamentos regionales y multitud de ayuntamientos. La derecha ha mordido hueso y no lo piensa soltar antes del 13 de febrero. El lío abre también grietas en el grupo de Unidas Podemos, donde Díaz, el sector pablista e Izquierda Unida mantienen abierto un pulso de influencia bastante tenso. Sánchez sabe que no va a salir ileso; se conforma con minimizar el desgaste caminando de puntillas, como un faquir, sobre el fuego. Con todos los problemas de gran escala que tiene delante ha permitido que lo metan en un atolladero las palabras irresponsables de un subalterno. Los principales contratiempos en política, los más complicados de lidiar, son siempre lo que surgen de dentro.

Ahora, descontado el batacazo castellano, está en juego el equilibrio del pacto. Es decir, la estabilidad del resto del mandato. Este conflicto inesperado provoca más tirantez que el desencuentro de las vicepresidentas de Economía y Trabajo o antes la rivalidad feminista entre Irene Montero y Carmen Calvo. Aquellas eran rencillas para iniciados pero el de la carne es un asunto de impacto en un sector sensible como el campo. Esas provincias de la España agropecuaria tienen pocos habitantes pero ventilan muchos escaños y el discurso en favor de la España vacía ha quedado arruinado por el ecologismo diletante de un izquierdista urbano. A uno de los aliados, o a ambos, se le va a indigestar este churrasco.