Ignacio Camacho-ABC

  • Al desentenderse de la crisis sanitaria, el Gobierno agrava también la de la economía y retrasa el crecimiento

Seis meses después de haber decretado tarde y mal el confinamiento más largo de Europa, el Gobierno carece no ya de un plan, sino de una idea remota sobre cómo hacer frente a la segunda ola. Y en algún momento, le guste o no, se va a tener que ocupar de ella porque el intento de endilgársela a las comunidades autonómicas no funcionará si la infección se desborda, como está a punto de ocurrir, de unas regiones a otras. Las autoridades regionales a las que el presidente ha dejado el marrón tras presumir de su victoria contra el virus se sienten solas con rara unanimidad que trasciende su adscripción partidista o ideológica. Y no es que añoren el mando único,

improvisado modelo autoritario que se reveló un absoluto fracaso, sino que reclaman con toda razón el mínimo de coordinación que ante una emergencia nacional corresponde ejercer al Estado. Por ahora estamos teniendo la suerte de que el contagio, por afectar a franjas de edad más bajas y más resistentes, causa mucha menor mortalidad que en marzo y no presiona demasiado -todavía- el sistema hospitalario. Pero el otoño, con la gripe estacional, amenaza de nuevo al sensible sector de los ancianos y con la atención primaria ya desbordada extiende un riesgo objetivo de colapso. En estas condiciones, y con una media de tres mil nuevos casos diarios, la ausencia de política epidemiológica y asistencial constituye una deserción inaceptable que no librará al Ejecutivo de la responsabilidad ante un nuevo caos. El gobernante que más poder ha acumulado por voluntad propia y a golpe de decretazos no puede eludir con excusas escapistas los compromisos del cargo.

Pero a Sánchez le cuesta entender, o más bien aceptar, que el Covid ha reventado su agenda y que todo su programa de investidura, el expreso y el oculto, se ha vuelto inviable con la irrupción de la pandemia. A la crisis sanitaria se han sumado el destrozo económico y unas dificultades financieras que desbordan las previsiones de la ayuda europea. Cuando falta dinero todo son problemas; hasta al bloque Frankenstein le han salido grietas que pretende tapar con parches como la mesa de diálogo con el separatismo o las promesas más o menos encubiertas de indulto a Junqueras. Los presupuestos los sacará adelante, con algún aprieto y acaso alquilando el voto de Bildu a cambio de acercamientos de presos, pero luego le tocará administrar recursos insuficientes y afrontar el descontento de unas clases medias empobrecidas y azotadas por el desempleo. La economía del país no va a levantar cabeza mientras sufra el impacto de unas medidas de alejamiento social que impiden el desarrollo normal de los servicios, de la industria y de la mayoría de sectores estratégicos. De tal modo que sin salud pública no volverá el crecimiento. Y ante ese círculo destructivo el presidente se quita de en medio como un bombero que tuviese pánico del fuego.