Gorka Angulo-El Correo
- Los agravios a la extinta RDA se han convertido en el programa de la formación ultraderechista, disparada en las encuestas para las elecciones de septiembre
Septiembre comienza con un ciclo electoral para los próximos nueve meses que será determinante en Estados Unidos, Alemania, Francia e Italia. La primera economía europea tiene en septiembre tres citas vitales con las urnas en Sajonia-Anhalt, Mecklemburgo-Antepomerania y Berlín. La baja popularidad del Ejecutivo del canciller Friedrich Merz y la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), disparada en las encuestas, pronostican un otoño negro que puede devolver al gigante teutón a 1933 en dos länder orientales. Estamos ante el peor escenario posible: la locomotora de la UE sigue gripada, los socios de la gran coalición permanecen debilitados por las encuestas y sus disputas, y la ultraderecha avanza de forma inquietante en los sondeos hasta situarse como primera fuerza.
La cuestión ya no es que la AfD gane en las urnas, sino que pueda gobernar y sus dirigentes están convencidos de que así será como paso previo para llegar a la Cancillería. Están exultantes con casi 75.000 afiliados, frente a las 50.000 fichas que tenían en 2024. El pasado 4 de julio celebraron en Erfurt su congreso nacional como banderazo de salida hacia el poder. No sé si fue casualidad o causalidad, pero ese día se cumplían 100 años del 2º congreso del NSDAP de Hitler en la cercana localidad de Weimar.
La convención revalidó el liderazgo del tándem Alice Weidel y Tino Chrupalla, con reafirmación de consignas, sin debate de ideas y con dos cuestiones que pasaron desapercibidas para disimular una fisura interna que puede ser clave. De un lado, sus mensajes anti a todo lo democrático: Unión Europea, migración, reformas, política económica, euro, gobierno de gran coalición, etc. con el fin de unir el partido subrayando sus virtuales «enemigos objetivos», como nos los explicó Hannah Arendt. Por otro lado, evitaron tratar la lista de incompatibilidad que regula las condiciones de membresía de algunas personas por su pertenencia actual o anterior a otras organizaciones, para evitar escisiones, sobre todo con la sección de la AfD de Turingia, en el punto de mira de la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV) por estar considerada como incompatible con la Ley Fundamental.
El pasado 30 de junio el informe anual de la BfV alertó de 58.700 personas catalogadas como «extremistas de derechas», 8.450 más que en 2024. Casi la mitad de ellos están en la órbita de la AfD. Otro dato significativo es el incremento en casi un 9% de los actos violentos de extrema derecha en 2025 respecto al año anterior, con una media de 24 incidentes antisemitas diarios. Una violencia que aumenta con un mayor número de jóvenes radicalizados y captados en redes, centros juveniles, conciertos o peñas deportivas que engordan a grupos radicales a izquierda y derecha.
Hay otro registro elocuente y es la fortaleza de la ultraderecha en el Este, donde paradójicamente los datos de población extranjera son sustancialmente inferiores a los de los estados del Oeste o las ciudades-estado. ¿Podemos considerarlo como un fenómeno casi identitario? En cierto modo sí, sin perder de vista su crecimiento en el Oeste. Repasemos el último informe de la Comisionada para Alemania Oriental, Elisabeth Kaiser, del pasado octubre, «35 años: ¿Crecer en la unidad?»
Conmemora los 35 años de la reunificación poniendo el foco en la primera generación nacida y crecida en la Alemania post Muro de Berlín. Los millennials de la antigua RDA han internalizado sus orígenes que marcan su personalidad y trayectoria, y siguen siendo conscientes de su desventaja con respecto al Oeste. Los alemanes del Este, excepto en la Administración o la Universidad, están subrepresentados en todas las élites y el liderazgo del país, con menos oportunidades económicas y vitales. Reivindican un orgullo de ser del Este que puede manifestarse en las urnas contra el Oeste votando opciones extremistas y rechazando a los grandes partidos, democristianos (CDU) y socialdemócratas (SPD). En las elecciones generales de 1994, CDU y SPD sumaban el 70% de los votos del Este. En las de 2025 no llegaban al 30%.
Los agravios a la extinta RDA se han convertido en el programa de la AfD que lo resumen en un Deutschdenken (pensar en alemán), como Hitler en 1938 ante sus juventudes, pero con el concepto alemán como línea divisoria ante la democracia, la diversidad y la pluralidad. Son supuestos patriotas convertidos en la principal amenaza para la seguridad nacional por sus conexiones con Rusia. Hablamos de auténticos traidores a la Alemania democrática a los que alguien debería explicarles que Putin no es el salvador de la Europa caucásica y cristiana: es el mayor enemigo de Europa y solo cree en la ‘Madre Rusia’. ¿Dónde queda entonces su Cuarto Reich? De momento lo urgente es esperar a las urnas y las pruebas de la BfV para ilegalizar a la AfD. Muy complicado, sí, pero no imposible.