El jardín sin flores

ABC 15/07/15
IGNACIO CAMACHO

· Los boysscouts soberanistas se han venido arriba sintiéndose iluminados por la aureola fundacional del pueblo elegido

ES fama que, cuando el hotel Ritz no admitía como huéspedes a los actores por considerarlos gente de mal tono entre su selecta clientela, el gran James Stewart echó mano de su carné de oficial jubilado de la Fuerza Aérea para conseguir una reserva. Casi algo parecido ha tenido que hacer Artur Mas para que los talibanes del soberanismo a los que ha dado alas le permitan participar en su propia candidatura, de la que pretendían excluir todo lo que oliese a «político». Como el president apenas ha sido en su vida otra cosa que un profesional de la política, le ha costado lo suyo negociar su entrada –y no en la cabecera– en una lista tutelada por esos sedicentes miembros de la

sociedadcivil que llevan años viviendo de las subvenciones arrimadas por los mismos a quienes ahora pretendían vetar como compañeros de su viaje hacia ninguna parte. Los líderes de Convergencia y de ERC se merecían, en realidad, que las criaturas que han alimentado como doctores Frankestein del laboratorio rupturista los hubiesen dejado a la hora de la verdad fuera de la presunta tierra prometida. Cría cuervos, etcétera.

Este invento al final fallido de la lista sin políticos, surgido al pairo del éxito de las plataformas de izquierda radical, es la penúltima consecuencia del delirio en que el imaginario de la secesión ha convertido la política catalana. Una mitología triunfal de ciudadanos autoorganizados que caminan decididos hacia el horizonte de la emancipación para proclamar en la nueva Icaria el Estado libre, el estado de levitación emocional y el estado de felicidad plena. En esa marcha de las bienaventuranzas parece sobrarles ya hasta el tipo que los ha reclutado, financiado y equipado con el kit moral del buen independentista. A Mas se le ha vuelto a complicar su juego de aprendiz de brujo; la deriva autónoma de las asociaciones de activistas que impulsó como brazo cívico amenaza con estropearle el intento de refundar el partido-guía en un vago magma de compromiso «nacional» que disolviese los efluvios de la corrupción del tardopujolismo. Los boysscouts soberanistas se han venido arriba sintiéndose iluminados –para eso llevan en sus filas monjas y abades– por la aureola fundacional del pueblo elegido. Ya no necesitan a un Moisés y se contemplan a sí mismos avanzando hacia la independencia como las masas populares del cuadro «Il quarto stato».

La frustrada candidatura sin políticos, ensoñación del creciente recelo social hacia la burocracia partidista, venía a ser como un jardín sin flores, como un libro sin letras; una idea que ignora la evidencia de que cualquier ciudadano se convierte en político cuando pasa a la política. La patética reflexión de un Mas a punto de ser expulsado de su propia utopía –«¿y si perdemos?»– manifiesta algo más que un ataque de pánico corporativo: era el rabioso desconcierto de un niño ante un juguete enajenado.