LUIS VENTOSO-EL DEBATE
  • ¿Se imaginan al primer ministro Sunak y a su ministro de Hacienda acusando de corrupción en el Parlamento al líder de la oposición con una manifiesta mentira?
Imaginemos la siguiente escena. Londres. Sesión de control al Gobierno en la Cámara de los Comunes. El canciller del Tesoro toma la palabra y acusa de corrupción al jefe de la oposición, el laborista Keith Starmer, por haber dado en su día una ayuda pública a una empresa privada en la que trabajaba su mujer.
Sentado en su bancada, el primer ministro, Rishi Sunak, hace gestos aprobatorios con la cabeza, ratificando así la grave acusación de su ministro al adversario laborista. Además, Sunak amenaza a su rival diciendo que «hay más cosas» y gesticulando de manera intimidatoria desde su bancada.
El ministro del Tesoro y Sunak han basado su acusación contra el líder de la oposición y su mujer en una noticia que ha publicado un pequeño periódico digital de baja audiencia.
Pero al día siguiente de la gravísima acusación de corrupción proferida en los Comunes, resulta que el portal digital en que se basa todo reconoce que se columpió por completo, que no existió la ayuda de Starmer a la empresa donde estaba empleada su mujer. Todo fue un grave error informativo, un patinazo que deja en pelotas políticamente al primer ministro y su ministro de Hacienda. Ambos se han servido de lo que no era más que un bulo para intentar machacar a su adversario político. Han utilizado mercancía averiada como munición. Han cometido la imprudencia de no cotejar la seria acusación que iban a verter. Han mentido de manera flagrante en sede parlamentaria.
¿Y cómo habría acabado esta historia en el Reino Unido? Pues es evidente: con la caída del Gobierno tras un escándalo político que conmocionaría a todos los medios de comunicación y a la opinión pública. Y lo mismo sucedería en Francia, Alemania, Portugal… Ninguna Democracia –así, con mayúsculas– pasa por alto, como si fuese un chascarrillo más del jaleo partidista, que un ministro de Hacienda y un jefe del Gobierno desacrediten al líder de la oposición en el Parlamento sirviéndose de un bulo (esparcido además por todos sus apéndices mediáticos).
Pues bien, lo que hemos contado en la parábola británica es exactamente lo que ha sucedido en España con la acusación de María Jesús Montero y Sánchez a Feijóo sobre supuestos pagos a una empresa, Sargadelos, donde trabajaba su mujer. Era falso, según asumió ayer el medio que la publicó. ¿Y qué pasará? Nada. Mañana seguirán esparciendo cieno con otra historia, pues todo vale para tratar de opacar los daños del caso PSOE.
Disculpen última pregunta: ¿es la España actual una democracia… o es ya más bien algo parecido a una democracia?