Ignacio Camacho-ABC

  • Sorprende tanta proclama esquinera de lealtad dolorida ante el descubrimiento tardío del canibalismo sanchista

Censura Rodríguez Ibarra, con razón, el cabreo de los cesantes, ese murmullo con que entre encriptados pellizquitos de monja rezongan su letanía de dolidas lealtades. Lo que revela esa falta de encaje es que en primer lugar la proximidad a Sánchez no les había servido para hacerse una idea de su gélido carácter, y en segundo que ignoraban la condición frágil de un cargo cuyos ocupantes son por naturaleza provisionales. En política nadie conoce a nadie, no hay sitio para sentimientos de apego ni existen vínculos estables. Es un territorio salvaje en el que la ley de la supervivencia impone la necesidad de prescindir de deudas morales, compromisos, afectos, confianzas o amistades. Por eso hay que ir llorado de casa, tener siempre listo el equipaje y a ser posible salir cinco minutos antes de que llegue la orden de marcharse. Y en el peor de los casos no cuestionar por qué te destituyen si cuando te nombraron no lo preguntaste.

Es natural que en un oficio donde todo el mundo tiene un alto concepto de sí mismo los ministros relevados no entiendan su despido. Más raro es que siendo la mayoría políticos profesionales olviden que no se necesitan motivos. Para los ciudadanos resultaría en cambio mucho más interesante saber por qué fueron escogidos. Qué esquema de Gobierno sostenía, por ejemplo, a un hombre como Ábalos, un capataz del partido, en la cartera de Fomento. Qué méritos vio el presidente en González Laya para ponerla al frente de la diplomacia. Y sobre todo, cómo Iván Redondo, un aceptable asesor electoral de candidatos medianos, pudo convertirse en el factótum de la dirección ejecutiva del Estado, en el valido rodeado de un halo mitológico que controlaba todos los resortes del cuadro de mandos mientras en la puerta de su despacho guardaban cola financieros, magnates mediáticos y colegas de Gabinete con teórico mayor rango. Las causas de su caída repentina, fáciles de intuir dada la reciente secuencia de fracasos, son una mera anécdota, ‘gossip’ de perfil bajo, ante las razones de un inédito acopio de poder que nunca ha sido suficientemente explicado. Ésa es la anomalía por aclarar: que un gurú no electo, obsesionado con la propaganda y el relato, haya tenido en sus manos el timón de la cuarta potencia europea durante tres años.

Lo demás, las quejas jeremíacas más o menos solapadas, el lamento por las esquinas, el descubrimiento tardío del darwinismo sanchista, son detalles secundarios, pláticas de familia en las que sólo sorprende la candidez de los que compartían la mesa del presidente sin atisbar su instinto caníbal. Un reflejo depredador nada extraño, por otra parte, en un puesto donde el que quiera un amigo debe comprarse un perro. Todos ellos conocían de antemano las reglas del juego y ahora les valdría más un discreto silencio. Y preguntarse ante el espejo si les valió la pena el empeño de servir a quien sirvieron.