ABC-LUIS VENTOSO

Los conservadores revientan la maniobra de Sánchez y Macron y se hace con los puestos relevantes de la UE

DEMOCRACIA: el pasado 26 de mayo, el Partido Popular Europeo ganó las elecciones europeas con 178 escaños, 26 más que la alianza de los socialistas, que obtuvieron 152, y los liberales (108). Conclusión democrática evidente a tenor de estos resultados: los populares debían ocupar de nuevo el puesto más relevante de la UE, la presidencia de la Comisión Europea, tal y como viene ocurriendo desde 2004. Pero esta vez, ay, existía una novedad, una innovación española llamada el sanchismo, según la cual la democracia no tiene porque ser siempre el gobierno del más votado, los enjuagues también sirven. Dicho y hecho, aprovechando el G-20 de Osaka, allá se fue el sastrecillo valiente y maniobrando con otro líder providencial encantado de haberse conocido, Macron, tramó en los pasillos de la cumbre una celada para despojar a los conservadores de la Comisión y colocar a un socialista. Merkel, exhausta y de salida, les dejó enredar. Sánchez, levitando, comunicó al orbe que acababa de imponer el «no es no» al candidato del Partido Popular Europeo, el alemán Weber, y que la gran silla sería para un socialdemócrata progresista, Timmermans. Aplausos admirados en los telediarios de TVE.

Pero resultó, vaya por Dios, que en Europa todavía quedaban líderes dispuestos a defender la democracia. Y no fueron los franceses, los españoles o los alemanes, sino los mandatarios de los antiguos países del Este, tantas veces tachados de populistas antidemócratas. Hungría, Polonia, Eslovaquia y Chequia (a las que se unió Italia), se plantaron contra la treta de Sánchez y Macron: los conservadores habían ganado, así que el puesto tenía que ser suyo, fin del debate. Acostumbrado a nuestro circo de tres pistas, donde todo cuela, Sánchez se aferró a su «no es no» contra la derecha y siguió enredando en Bruselas durante 48 horas. No le sirvió de nada. Ayer se abrió el melón y lo que apareció fue que dos mujeres conservadoras se harán con los dos sillones estelares. La presidencia de la Comisión, para la ministra de Defensa de Merkel, y el BCE, para Lagarde, que llevó la cartera de Economía con Sarkozy. Fiel a su afamada jeta de acero inoxidable, tras ver frustrada su operación, Sánchez compareció ante los medios españoles con una sonrisa hiperforzada y declaró que el acuerdo es «extraordinario y equilibrado». Casi se echaron en falta las risas en off, como en aquellas viejas telecomedias de situación…

Es de celebrar, eso sí, que al menos Sánchez lograse que un español, Borrell, sea el jefe de la diplomacia comunitaria. La pachorra de Rajoy nos había dejado durante su etapa sin los puestos europeos que corresponden a España por tamaño y peso económico. Pero al margen de eso, repaso europeo para el novato que quiso ser el alumno más pillín de la clase.

(P. D.: Esto nunca lo dirán Irene Montero ni Carmen Calvo, pero aquí sí lo podemos decir: las dos mujeres que por fortuna han roto el techo de cristal para su sexo en el BCE y en la CE son conservadoras, y lo han logrado sin dar la murga y sin cuotas, solo con su talento y trabajo).