La convención del PP no solo responde a la segunda acepción que de esta voz proporciona el DRAE; también a la primera: “Norma o práctica admitida tácitamente, que responde a precedentes o a la costumbre”. Ayer, en la segunda jornada convenida que se celebró en Valladolid, el candidato popular a la Presidencia del Gobierno sea cuando sea, Pablo Casado, apareció flanqueado por correligionarios de postín: el ex presidente del Parlamento Europeo Antonio Tajani y el ex presidente del Consejo Europeo y ex primer ministro de Polonia, Donald Tusk.

Casado aprovechó las recientes elecciones en Alemania para hacer de la necesidad virtud. Un poco venido arriba, en mi opinión, se postuló como heredero de Angela Merkel: “si no consigue la CDU formar Gobierno, nos quedaremos como el primer partido en representación institucional de todo el centroderecha europeo”. En el caso de llegar a gobernar, claro. Se conoce que el hombre se animó por la compañía de dos dirigentes del Partido Popular Europeo tan relevantes como los citados.

El problema es que no son Tajani y Tusk los que tienen que darle su apoyo para formar Gobierno. No parece que ambos lo vayan a llevar a La Moncloa a la sillita de la Reina. Todas las encuestas, absolutamente todas, coinciden en que Pablo Casado solo llegará a la Presidencia del Gobierno a lomos de Santiago Abascal. Lamentablemente para él no hay en su partido un pervertido demoscópico modelo Tezanos que le augure una mayoría para gobernar. Ni uno solo, en ninguna ocasión.

La víspera tuvo el apoyo del último presidente del Gobierno que tuvo su partido en Santiago de Compostela  y Mariano Rajoy Brey tiró de experiencia propia para hacer recomendaciones al candidato popular: la primera fue la de volcarse en la Economía; la segunda, alejarse de Vox. “Es la Economía, estúpido”, dijo el asesor de Bill Clinton, James Carville, en la campaña presidencial de 1992 contra Bush padre. Rajoy hizo suya la consigna, pero por lo visto no era muy adecuada para España. Porque bajo su presidencia, la política económica se gobernó con mano prudente y se arreglaron algunos de los despropósitos del zapaterismo, como antes había hecho Aznar tras el felipismo, pero no parece que eso le importara a nadie cuando el psicópata Sánchez pactó con el populismo, con los separatistas vascos y catalanes y con los herederos políticos de la banda terrorista ETA y le madrugaron la presidencia en aquella infame moción de censura que les sirvió en bandeja el juez José Ricardo de Prada con una sentencia chunga, desautorizada por la Audiencia Nacional.

Rajoy asumió la tarea de arreglar los destrozos de los socialistas que les tocaron a Aznar a finales de los 90 y a él mismo a partir de 2012. “No hay dos sin tres” le advirtió a Casado. ¿A qué se refería?  ¿Quizá derrotas? Seguramente oportunidades. La primera fue la destitución de la mejor portavoz que ha tenido nunca el PP, Cayetana Álvarez de Toledo, en el verano de 2020. La segunda, el encarnizado ataque que dedicó a Abascal, su apoyo necesario, en la moción de censura de Vox contra Sánchez y la tercera la inquina que el par director, Pablo y Teodoro, profesa a Isabel Díaz Ayuso, el valor institucional más alto que tiene el PP en existencias. Ella, que nos había librado de Pablo Iglesias. Puede que no haya dos sin tres, pero Pablo Casado ya se ha gastado las tres oportunidades que tenía.